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martes, 17 de noviembre de 2009

La reflexión y el juego...



La reflexión no excluye el juego y el hombre
que juega es ya un hombre que conoce.

RAMÓN XIRAU


Epígrafe utilizado en Plagio. Juegos [1968-1969]
Plagios, Ulalume González de León
Pág. 20. FCE, 2001

viernes, 9 de octubre de 2009

La migala; Juan José Arreola


La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.

Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la aralia sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.

Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.

Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.

Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Variaciones sobre el Gattamelata, IV; Hugo Hiriart



Variaciones sobre el Gattamelata es un texto de Hiriart construido alrededor del tema de las esculturas escuestres. Se muestra aquí la quinta variación de este ensayo, en el que Hiriart nos habla de reglas que conforman la ortodoxia en la elaboración de este tipo de esculturas y después de cada una de ellas se presenta el ingenio que existe para romperlas...

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IV


Reglas y heterodoxias


1. La estatua ecuestre más pequeña ha de ser cuando menos de tamaño natural.


-¿Qué traes en ese bolso?


-La estatua ecuestre del general Brumo Calominos, de feliz memoria.


Este diálogo es, por supuesto, inaudito, pero no por este hecho hemos de desatender enteramente la cuestión de los tamaños. Las estatuas de talla mediana en las que el caballo tiene, digamos, un metro de alzada, son tan patéticas como la sonrisa de una muchacha abandonada por su amante. Las pequeñísimas engarzadas en los anillos, tienen su encanto (sobre todo si la sortija es mágica o guarda veneno). Aquellas estatuas que se usan en calidad de saleros, pueden ser primorosas, todo depende del orfebre. Las enormes como edificios de ocho a diez pisos arrastran la deficiencia de no poder ser apreciadas debidamente, pero esta adversidad de nacimiento se ve compensada por el esfuerzo del artista y, sobre todo, por la mucha industria de los maestros fundidores.


2. La estatua ecuestre ha de ser hecha para verse desde abajo.


No siempre. El gran escultor florentino Esteban Globo, llamado el Caramelo, fabricó un monumento ecuestre, luego cavó una especie de pozo y allí situó la estatua de forma que sólo pudiera apreciarse desde arriba. La obra se ha perdido (en alguna parte está enterrada; actividad interesante ha de ser darle sepultura a una estatua ecuestre), pero, dicen que los que tuvieron el privilegio de admirarla que los dragones labrados en el yelmo eran primorosos.


3. Ha de ser de bronce.


¿Y por qué no de plástico o de goma inflable y desinflable? Entre otras cosas facilitaría la transportación y nos proporcionaría la satisfacción lateral de poder asistir al momento en que va naciendo, creciendo, cobrando forma, y a otro en que se achica, envejece y llega a ser de bolsillo. ¿O por qué no hacerla de madera policroma como esas refinadas esculturas de Marino Marini? A mí me gustaría el jinete pintado de azul Prusia, y el caballo, verde limón. Por otra parte, podrían usarse materiales que permitieran disfrazar al solemne jinete: unos días se vestiría al rey de pingüino, otros, por ejemplo, de payaso. Se perdería, tal vez, en ejemplaridad patriótica, pero se ganaría en regocijo.


4. El caballo ha de estar representado en marcha, no quieto, y una de sus manos estará levantada.



No todos estamos de acuerdo en este punto. ¿Son muy raros los monumentos en los que el prócer va montado en un cerdo, un oso o un elefante? Una de las obras maestras de la cultura china representa un camello sobre el que viaja una orquesta de tres músicos. Inspirados en este trabajo, y con ánimo de ahorrar en gastos, algunos artistas han emprendido la realización de monumentos de significado múltiple, es decir aquellos en los que tres o más militares, a menudo rivales en su momento histórico, cabalgaban muy serios y marciales en un solo caballo. En cuanto a la posición de las patas del animal, tampoco hay unanimidad: ¿quién no ha visto algún monumento en que el caballo alza briosamente las dos manos mientras el general, con la espada desenvainada, espera resignado el sosiego de su animal? Pero no todos los artistas han podido llegar a la audacia y el refinamiento del florentino Globo que –en Padua tenía que ser– fabricó el monumento a un condottiere tardío en el que el caballo se sustenta sobre una sola pata. Ahora bien, ¿por qué el animal quieto ha de restarle grandiosidad a la obra? Sería interesante desde más de un punto de vista una estatua en la que tanto el guerrero como el caballo estuvieran dormidos. O alguna en la que el jinete no figurase montado, sino, por ejemplo, sentado en una piedra, cavilando, y a su lado el caballo apacentara tranquilamente; este monumento tendría un cierto tono de intimidad que no es frecuentemente en estos trabajos. A mí me gustaría, y eso ya es cosa de cada quien, contemplar una estatua ecuestre en la que caballo y jinete estuvieran encaramados en ese árbol elegante llamado baobab; tarea que tal vez no se halla llevado adelante por la mucha dificultad que representa el modelado y la fundición del árbol. Por último, tampoco han faltado las estatuas con caballo alados, con pegasos. Están reservadas, desde luego, a héroes de vanidad desenfrenada y, por eso, como castigo habría que representarlos aferrados con toda el alma al ambiguo corcel, y con el rostro abrumado por los vértigos y pavores de Ícaro.



Variaciones sobre el Gattamelata, IV
Disertación sobre las telarañas

Hugo Iriart

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La última de las reglas y heterodoxias me trajo a la mente el recuerdo de una escultura que se encuentra en el Louvre: un enano deforme o gnomo que monta un caracol, definitivamente algo muy alejado de la típica escultura ecuestre y que, sin embargo, no deja de parecerse a ellas.