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lunes, 20 de abril de 2009

Simplezas de la mitología griega


Crío caballos. Hace unos años hablaba con una amiga del nacimiento de un potro. Me preguntó qué nombre le pondría. Dije que había estado pensando en eso algo de tiempo y que aún me era difícil decidir, por eso fue que opté por llamarlo Caballo.

A ella le gustó el nombre.

A mí los siguientes fragmentos de la Biblioteca de Apolodoro me causaron gracia:

Más tarde Éaco se unió con la nereida Psámate, que se había transformado en foca para evitar su asedio, y engendró un hijo, Foco.

Libro III 12,6

Y hablando de Teseo:

mató en Cromión a la cerda llamada Fea, como la anciana que la había criado...

Epítome 1,1

Fragmentos tomados de la traducción de Margarita Rodríguez de Sepúlveda

sábado, 21 de marzo de 2009

Omnipotencia, omnipresencia y omnisciencia


Estaba pensando... ¿no se puede considerar que la omnipresencia y la omnisciencia no son más que expresiones de la omnipotencia? Digo, bastaría que un ser omnipotente quisiera ser omnipresente y omnisciente para serlo.

Luego pensé que tal vez no sería posible que unas provinieran de otra en Dios, pues si siempre las ha poseído (si alguna le faltara no sería Dios), las tres están al mismo nivel y son distintas.

miércoles, 4 de marzo de 2009

La tristeza del pensamiento

El siguiente es un fragmento de Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, de George Steiner:

Hemos sido creados, por así decirlo, «entristecidos». En esta idea está, casi indudablemente, el «ruido de fondo» de lo bíblico, de las relaciones causales entre la adquisición ilícita del conocimiento, de la discriminación analítica, y la expulsión de la especie humana de una felicidad inocente. Un velo de tristeza (tristitia) se extiende sobre el paso, por positivo que sea, del homo al homo sapiens. El pensamiento lleva dentro de sí un legado de culpa.

Traducción de María Condor
Cenzontle. FCE - Ediciones Siruela, 2007
Pág. 12

Como se ve, tanto el título del libro como el fragmento no son muy alentadores que digamos. En esta obra Steiner se dedica a dar esas posibles (y qué bueno que las maneje como posibles) razones por las que el simple acto de pensar no pueda ser considerado como algo neutro (ni triste ni feliz), sino que ya el pensar, en sí, es algo triste.

Analizando el fragmento es cierto que existen posturas con las que no podemos estar de acuerdo si es que nos llamamos cristianos, una de ellas es la idea de haber sido creados entristecidos, pues vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera (Génesis 1:31). Sin embargo, la idea de que la tristeza ronda siempre en el acto de pensar es posible —me agrada esa palabra— en nosotros. Steiner mismo hace referencia a lo bíblico como una de las fuentes que señalan la idea de la tristeza del pensamiento. En esto no se equivoca: la Biblia sí nos muestra a lo largo de sus pasajes que la condición actual del ser humano es triste, que hay un ruido de fondo, algo molesto en la existencia humana de por sí (y esto abarca el pensamiento), pero que esto no fue desde siempre así.

En todo caso, bien podría un apologeta encontrar un eco en estos pasajes para explicar nuestra condición actual.

Yo mismo admito que el tono inicial de esta reflexión es algo melancólico. No obstante, también es cierto que podemos ser felices, o por lo menos, hallar en nuestra existencia momentos de felicidad. Una cosa es segura si lo que Steiner llama posible es un hecho: la felicidad plena no podría provenir nunca de nuestros pensamientos, pues pensar, incluso para ser felices sería evocar la tristeza.

¿Desalentador? Depende…

Para un incrédulo que se encuentre solo con su pensamiento para aprehender el mundo (en el sentido filosófico, que abarca más allá de lo físico) lo es, pues las razones de Steiner nos hacen darnos cuenta de lo limitado, miserable y triste de nuestro pensamiento. ¡El pensamiento! ¡Aquello que es la gloria del homo sapiens! Oh, qué gloria… qué gloria tan limitada y frágil si pretendemos apoyarnos únicamente en ella.

Un cristiano que lee el libro de Steiner bien podría estar gozoso por lo mismas circunstancias que el incrédulo: ambos tendrían frente a sus ojos las mismas letras, incluso los pasajes en los que Steiner coloca a la religión y la idea de Dios como otro fútil producto del pensamiento, como algo inaccesible. Podemos gozarnos porque todo lo dicho permitiría corroborar lo que se aprecia en la Biblia:

Que el pensamiento en un origen era bueno, y lo sigue siendo, sólo que ahora se ve empeñado por la tristeza, así como la tierra sigue produciendo frutos aunque tengamos que ganarlos con el sudor de nuestra frente y entre espinos. Como todo lo que existe aparte de Dios, nosotros y cualquier cosa que poseamos puede convertirse en un ídolo al tomar su lugar.

Si deificamos el pensamiento como aquello que puede revelar, penetrar y comprenderlo todo, nos exponemos al peligro de confiar en algo limitado, que nunca puede salir fuera de sí mismo, y esto revelado por nuestro propio pensamiento. No sería entonces sorpresa hallar que hay tristeza en esto.

Como alternativa, el cristianismo propone la vía de la revelación: conocimiento que ciertamente llega a través del pensamiento, pero que no tiene su origen en él, sino en la Verdad misma; y sí, el cristianismo afirma que la Verdad es una persona.

jueves, 5 de febrero de 2009

¿Por qué los sueños no son imágenes?


Simplemente porque los ciegos sueñan.

viernes, 23 de enero de 2009

Every poem an epitaph...


...that's from Elliot. Isn't it true, Mr. Masters?

miércoles, 15 de octubre de 2008

Vivir o morir, ¿qué es mejor?

A. -Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente La Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón). -Pero sospecho que al final no se resolvieron.

A (ya en plena mística). -Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.


De: El Hacedor
Jorge Luis Borges
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Después de que una amiga me dijera que daba lo mismo estar vivos o muertos, pues ella dudaba de todo, incluso de nuestra propia existencia, le sugerí que hiciera lo mismo que en diálogo anterior: que se suicidara. Después de todo, de acuerdo a ella daría lo mismo.

Ahora me doy cuenta de que fui demasiado brusco e imparcial con ella, hubiera sido más sensato decirle que dejara su decisión al resultado de un lanzamiento de moneda.

Ella respondió que no lo haría, pues no sabía a ciencia cierta qué ocurre después de la muerte y al menos sabía qué era estar viva. Extraña situación es afirmar que se está vivo pero dudar de todo lo demás…

Al menos podemos concluir algo muy sencillo: para los seres vivos no es lo mismo la vida que la muerte, puesto que sabemos más de la primera.

¿Qué sabemos, entonces, de la muerte?

El relato de Borges es franco al hablar de la posibilidad de que exista algo para alguien después de morir o de que todo acabe ahí.

Creo que respecto a lo que ocurre después de la muerte los seres humanos sólo podemos…

a) Realizar conjeturas de lo que imaginamos que viene después de ella (incluida aquí la creencia de que la existencia acaba en la muerte, pues ¿quién puede afirmar por sí mismo esto?).

b) Apelar a un conocimiento que no provenga de nosotros, sino que nos sea dado; es decir, algo que le diga a los humanos qué ocurre después de la muerte. Las religiones, por ejemplo, tienden a apelar a un conocimiento que es superior al del hombre, pero otorgado al mismo, una revelación.

c) Afirmar que no sabemos lo que ocurre después de ella.

En el diálogo de Borges, A opta por esta tercera opción, mientras que la voz de Macedonio Fernández parece hacerlo por la primera (o eso parece, podría haberlo hecho también por la segunda posibilidad, pero en el diálogo no se nos dice cómo ha llegado a su conclusión).

El diálogo que tuve con mi amiga me hizo recordar aquél pasaje en Filipenses 1, en el que el apóstol Pablo discurre entre qué es mejor para él, si la vida o la muerte:

Vv. 20-22: […] ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte. Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger.

Ninguno de los dos sabía qué escoger, pero al final tanto Pablo como mi amiga eligieron lo mismo, aunque esto fue por distintos motivos en cada uno…

Vv. 23-26: Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros. Y confiado en esto, sé que quedaré, que aún permaneceré con todos vosotros, para vuestro provecho y gozo de la fe, para que abunde vuestra gloria de mí en Cristo Jesús por mi presencia otra vez entre vosotros.

Valga la redundancia...

Si la redundancia realmente vale, ¿no sería entonces redundarte enunciarlo?

jueves, 7 de agosto de 2008

De extremas exageraciones y demasiadas cosas que sobran muy innecesariamente sin ser útiles ni aportar absolutamente nada...

[William] James was being teased by a theological colleague who said to him, “A philosopher is like a blind man in a dark cellar, looking for a black cat that isn’t there.” “Yes,” said William James, “and the difference between philosophy and theology is that theology finds the cat.”

(Quoted by A.J. Ayer, On Making Philosophy Intelligible .)
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Sí, bueno... ¿No les parece que la frase está sobrada? El dar a un hombre ciego la tarea de encontrar en un sótano oscuro un gato negro que no está ahí tiene elementos de dificultad tan innecesarios como aquella piscina que apareció en un episodio de Los Simpsons llena de anguilas eléctricas, pirañas, tiburones, lagartos, un león y una gota de sangre (para activar todo ese frenesí) que un hombre tenía que saltar con su motocicleta.

Si el hombre no fuera ciego, todo el resto de la frase tendría mayor razón de ser, pero ¿qué le importaría al pobre el color del gato o que el cuarto estuviera oscuro?

Hmm... ya me dieron ganas de ofrecerle un millón de pesos a cualquier persona con artritis que debajo del mar pueda encender un cerillo en contacto directo con en el agua, ah, pero eso sí: en ayunas, estando encadenada, con camisa de fuerza, sin tanque de oxígeno, y lo que es peor de todo: sin ninguna clase de equipo de telecomunicación para evitar que le pregunte a alguien cómo hacerlo.

Bueno, mejor no... con eso de que según el texto los teólogos encuentran al gato...

El principio de la sabiduría...

To conquer fear is the beginning of wisdom.
-Bertrand Russell

El principio de la sabiduría es el temor de Jehová...
-Salmos 111:10
Proverbios 1:7
Proverbios 9:10
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¿Con cuál de las dos se quedan? ¿Por qué? ¿Es válido asociar el nombre de Russell con el ateísmo cuando meditamos acerca de estas dos frases?

Sea lo que sea, si jugamos con ambas podríamos concluir diciendo que:

El temor de Jehová es lo que hace conquistar el miedo.

Alan

sábado, 2 de agosto de 2008

En desacuerdo con Byron

Friendship is Love without his wings.
-Lord Byron
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Permíteme que te corrija, Lord Byron:

Love is Friendship without wings.

Alan

miércoles, 9 de julio de 2008

¿Nacemos o nos volvemos malos?

Esta pregunta se ha formulado muchas veces, incluso en el ambiente teológico. Este cuestionamiento nos puede hacer tocar el tema del pecado original: ¿Nacemos siendo pecadores o nos volvemos pecadores en el transcurso de nuestra vida?

Algunos consideran que la doctrina del pecado original es absurda e injusta: ¿Qué culpa tenemos nosotros de lo que otros hayan cometido en el pasado? ¿por qué tenemos que ser condenado por algo que nosotros mismos no hemos cometido? Si esto es así, entonces el tema de la salvación y Dios mismo serían injustos.

En lo que a mí respecta, me he hecho también esas pregunta y he leído acerca del debate. En el fondo la respuesta a si nacemos o nos hacemos malos no me parece algo tan relevante, pues una cosa me parece cierta:

El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra…

Sea de uno u otro modo y sin importar cuál sea su origen, desde el inicio de la disyuntiva se da por sentado que el mal mora en nosotros. Sin que sea necesario utilizar la noción de pecado o las enseñanzas de una religión determinada creo lo siguiente:

Cualquier ser humano que sea honesto consigo mismo se da cuenta de que posee un determinado sistema y una jerarquía de valores y principios, una ley moral que debe obedecer. Ese mismo ser humano considera que el seguir esa ley moral es algo apropiado, justo, correcto, en resumen: bueno; el no cumplir esa ley es algo malo. Pero también se da cuenta de que no siempre le es posible seguir los principios en los que él mismo cree. Esos principios demandan que siempre sean cumplidos, y ese agobiante SIEMPRE no puede ser del todo satisfecho. Por lo tanto, llegamos a la conclusión de que en algún momento nos encontramos practicando el mal.

jueves, 15 de mayo de 2008

Reflexión teológica respecto al acuerdo categórico con el ser, el kistch y la mierda

Transcribo aquí una porción de La Insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. No tengo el libro a la mano, por lo que tomé el texto del blog Divino Relojero:

La disputa entre quienes afirman que el mundo fue creado por Dios y quienes piensan que surgió por sí mismo se refiere a algo que supera las posibilidades de nuestra razón y nuestra experiencia. Mucho más real es la diferencia que divide a los que dudan acerca del ser que le fue dado al hombre (por quien quiera que fuera y en la forma que fuera) y a los que están incondicionalmente de acuerdo con él.

En el trasfondo de toda fe, religiosa o política, está el primer capítulo del Génesis, del que se desprende que el mundo fue creado correctamente, que el ser es bueno y que, por lo tanto, es correcto multiplicarse. A esta fe la denominamos acuerdo categórico con el ser.

Si hasta hace poco la palabra mierda se reemplazaba en los libros por puntos suspensivos, no era por motivos morales. ¡No pretenderá usted afirmar que la mierda es inmoral! El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la Creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del water!), o hemos sido creados de un modo inaceptable.

De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch. Es una palabra alemana que nació en medio del sentimental siglo diecinueve y se extendió después a todos los idiomas. Pero la frecuencia del uso dejó borroso su original sentido metafísico, es decir: el kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable.
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Lo curioso del punto de Kundera es cuando sólo otorga dos alternativas para interpretar la mierda: o es aceptable […] o hemos sido creados de un modo inaceptable.

La interpretación cristiana del Génesis considera un elemento más: la caída del hombre. Así, el acuerdo categórico con el ser está contenido en los primeros capítulos del Génesis, pero también lo está un castigo por haber desobedecido a Dios. Una interpretación que puede ser dada a este castigo es un cambio en la configuración original de la Creación: si Dios le anunció al ser humano dolores, sudor y sufrimiento es porque éstos antes no existían, lo que podría dejar un lugar para el problema de la mierda, o más bien, para la naturaleza con que ésta es considerada, como ocurre con el sexo:



Dios le dio la instrucción al hombre, antes de su caída, de multiplicarse, por lo que la capacidad de reproducción existía antes de la caída y era buena. Cuando el hombre cayó se dio cuenta de su desnudez y la ocultó. Entonces el sexo, algo necesario, fue visto de un modo distinto a como originalmente había sido planeado, no había acuerdo categórico con nuestro ser.


Si queremos reducir esto a algo más simbólico tenemos:

Una capacidad que el ser humano consideraba necesaria se sigue viendo como tal, pero rodeada de una culpabilidad o molestia al efectuarla. Entonces, tenemos que parte de nuestro propio ser nos molesta: para ser nosotros mismos, para existir, nos enfrentamos a ciertos aspectos de nuestro propio ser que no podemos aceptar. Tal vez sea esto lo que lleva a Kundera plantearse las dos alternativas.

Es casi imposible aceptar la primera, pero es dolorosísimo resignarse a la segunda: que fuimos creados (o que simplemente somos) de un modo inaceptable.

Ahora bien, si la explicación del sexo no funciona porque alguien puede decir que los tiempos en que se consideraba prohibido o parte inaceptable nuestro ser están pasando, ¿qué puede decir quien así piense de la mierda? La aceptación de la mierda sería un problema más patente para nuestro ser que el sexo. Kundera hace bien al considerar la mierda como uno de los más grandes problemas teológicos que existen, tal vez incluso más grande que el problema del mal, y hasta aquí podemos llegar…

Retomando la respuesta que provee el cristianismo, el problema y su solución no son tan difíciles de abordar (aunque tal vez sí de asumir): el problema existencial de la no aceptación de partes de nuestra propia naturaleza es producto de la caída que sufrimos, pero en el principio todo nuestro ser era aceptable para nosotros mismos. Este problema no tendrá solución hasta que venga la restauración de todas las cosas. Hasta ese entonces preferiría seguir dejando cerrada la puerta del excusado…

Alan

lunes, 28 de abril de 2008

Cuando los elementos de una historia se reducen a UNO SOLO

De acuerdo a la doctrina del cristianismo, Dios siempre ha sido, pues desde el principio ya era. Entonces, desde el principio Dios siempre se tuvo a sí mismo. Dice también el apóstol Juan que Dios es amor, por lo que el amor desde el principio fue.

¿Amor? El amor procede de alguien y se dirige hacia un objeto amado. Si Dios desde el principio se tuvo a sí mismo, tuvo entonces que haberse amado a sí mismo para que fuera posible decir que hubo amor, porque él mismo era amor. Tenemos entonces que de la fuente del amor emana el amor y se dirige hacia la misma fuente del amor. No obstante, podemos distinguir dos aspectos del amor mismo: el amor amante y el amor amado. Uno es el que da y otro el que recibe ese mismo amor, ambos aspectos formando parte del amor mismo. El cristianismo identifica al dador de todo como al Padre y al que recibe todo de éste como al Hijo. El Hijo lo recibe todo para a su vez entregarlo al Padre, pues a Él mismo pertenecen todas las cosas. Ahora bien, en la interacción del Padre y el Hijo existe el vínculo del amor mismo, como ya se dijo: el amor que se da y se recibe. Al ser Dios amando a Dios tenemos que el vínculo y la magnitud del amor es tan fuerte que no se puede pensar en esa relación como en un simple vínculo, sino que ese vínculo es tan real, patente y contiene tanto de ambas personas que el vínculo mismo es una persona, el espíritu que procede de aquella relación: el Espíritu Santo.

Tenemos entonces dentro de la teología cristiana que toda la historia, todo el fluir del tiempo y el espacio están contenidos en Dios mismo, quien se ama a sí mismo a través de sí mismo. Todo el transcurso y la trama de la historia del cosmos se puede reducir a una sola palabra según dicha teología: Dios.

¿Por qué digo esto? Bueno, algo de literatura hay en ello. Después de esta descripción de la Trinidad se me vinieron a la mente los elementos que existen en una narración. Por lo general las historias se estructuran así:

Hay un protagonista que está en búsqueda de un objeto del deseo, algo que le ha sido robado por alguien. Alguien le encomienda la tarea a ese protagonista, por lo general el dueño legítimo del objeto. El protagonista se lanza a la tarea de ir a buscarlo y tiene que sortear varios peligros con la ayuda de otro u otros personajes, uno que está a su lado para asistirlo y otro que lo entrena y es una especie de guía. Al final lucha con su antagonista, recupera su objeto y vive feliz para siempre.

Esta es la típica historia del caballero que tiene que rescatar a una doncella, hija de un rey que la ha prometido en matrimonio a quien logre arrebatarla de las fauces de un monstruo. El caballero es ayudado por su fiel amigo y escudero y entrenado por un antiguo maestro. El caballero emprende un largo viaje lleno de peligros hasta que llega a la guarida del monstruo, lucha contra él y lo vence, rescata a la princesa y vive feliz para siempre.

Pero ahora… ahora es posible crear historias como la que nos narra la teología, basadas en una sola persona: nosotros mismos.

Y sí, suena asqueroso, es una de las palabras que odio con toda el alma y una de las cosas en las que menos creo. Pero bueno, sin más preámbulos... damas y caballeros, con ustedes:

LA AUTOAYUDA

Yo mismo me siento frustrado porque no soy feliz al haber perdido o no estar satisfecho con parte de mí mismo. Entonces, emprendo una búsqueda para reencontrarme conmigo mismo. Para lograrlo tengo que ser capaz de enfrentarme a mí mismo, pues soy el causante de mi propia insatisfacción, problemática y traumas. Para ello, acude en mi auxilio mi propia persona a través de la autoayuda, pues no veo otra forma de llegar a mí. Yo mismo soy mi propio guía meditando respecto a mí mismo, pues nadie más entiende lo que debo hacer, los problemas propios que tengo que sortear ni la manera de luchar conmigo mismo. Al final de mi búsqueda lucho contra mí mismo y lo negativo que represento para reencontrarme conmigo mismo, y una vez que me tengo y me he reencontrado, puedo ser feliz para siempre.
Alan

domingo, 27 de abril de 2008

Si leer fuera como comer... ¿qué platillo sería cada autor?

En una ocasión (estoy cansado, así que me permitiré comenzar con un lugar común), discutiendo con un amigo acerca de cuál poeta era nuestro favorito, si Góngora o Quevedo, le dije que yo prefería los poemas de Góngora porque me agradaba su complejidad, pues era divertido ir descubriendo qué demonios quieren decir, aunque claro, no sin la ayuda de una buena edición crítica. Se me ocurrió decirle también que si leer a Góngora fuera como comer un platillo, yo lo compararía a degustar una langosta (hoy me arrepiento de esa comparación), pues se deben retirar primero las diversas partes del caparazón antes de poder probar la carne para luego venirnos a dar cuenta de que aunque sabe bien realmente el contenido es poco comparado con el tamaño del animal. Eso es lo que yo experimentaba al leer a Góngora.

Mi amigo se rió y me dijo que si leer las Soledades era como comer langosta, entonces leer un cuento de Cortázar era como comer taquitos de suadero...

Hace poco me encontré con una amiga (Crayola, la autora de imágenes de cera) y le platiqué lo sucedido. Simplemente me dijo:

¿Cortázar? ¡Cortázar es una torta de jamón!
Alan