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jueves, 3 de diciembre de 2009

Elogio de la mosca; Luciano

Los sofistas, fieles durante siete siglos a su pretendida capacidad de «convertir en buena la causa mala» (cf. Introducción a Fálaris), hacen alarde además, en este momento (Segunda Sofística), de su dedicación al «arte por el arte». Al igual que Dión escribe su intrascendente Elogio del papagayo, Luciano, hablista puro, habílisimo en el arte del lenguaje, se propone una meta aún más difícil: mostrarnos su virtuosismo retórico asumiendo un tema no ya carente de contenido, sino repugnante en sí mismo, una «causa perdida», como es el elogio (no la defensa) de la mosca. En su ejecución triunfa sólo por su gracia descriptiva, su erudición literaria (citas oportunas de Homero, Platón y los trágicos), y sus conocimientos mitológicos, todo ello amena y sabiamente dosificado. Obra del género epidíctico, este panegírico es auténtico ejemplar clásico de perfección formal y habilidad argumentista, ocupando un lugar destacado en la proteica producción lucianesca.

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1 La mosca no es el más pequeño de los volátiles, al menos comparada con los mosquitos, los cínifes y otros seres aún más diminutos, sino que los aventaja en tamaño tanto como ella misma dista de la abeja. No está dotada de plumas como las aves*1, que tienen algunas de plumaje cubriendo su cuerpo y utilizan las más largas para volar, sino que, como los saltamontes, las cigarras y las abejas, tiene alas membranosas y más delicadas que éstos, como el vestido indio es más sutil y delicado que el griego; y, asimismo, ofrece el colorido floral de los pavos reales, si la miramos fijamente cuando abre sus alas en vuelo hacia el sol.

2 Su vuelo no es, como en los murciélagos, un continuo remar; ni va, como en los saltamontes, acompañado de saltos, ni , como en las avispas, con zumbido, sino que describe una curva perfecta hasta el punto del aire al que se dirige. Además tiene la cualidad de volar, no en silencio, sino con cántico nada desagradable, como cínifes y mosquitos, ni con el grave zumbido de las abejas, o el terrible y amenazador de las avispas; es mucho más melodiosa, como las flautas son más dulces que la trompeta y los címbalos.

3 En cuanto al resto de su cuerpo, la cabeza se une muy delicadamente al cuello y es muy flexible en sus movimientos, y no de una pieza como la de los saltamontes. Sus ojos son prominentes y tienen mucho de cuerno. Su pecho es robusto, y las patas parten de su propio entorno sin apretarse como en las avispas. Como en éstas, su abdomen se halla reforzado, y se asemeja a una coraza dorada de bandas planas y escamas. No se defiende por la parte posterior, como la avispa y la abeja, sino con la boca y la trompa, que tiene de igual modo que los elefantes, con la que se alimenta, coge las cosas y se adhiere a ellas, semejante en su extremo a una ventosa. De ella sale un diente, con el que pica y chupa la sangre ―aunque beba leche, también le gusta la sangre― sin gran dolor para sus victimas. Aun cuando tiene seis patas, anda sólo con cuatro, y usa las dos delanteras a guisa de manos. La puedes ver caminando sobre cuatro patas, llevando algo comestible en sus dos manos, de modo muy semejante a nuestra humana costumbre.

4 No nace ya así, sino que primero es una larva, surgida de los cadáveres de hombre o animales. Luego, poco a poco, desarrolla las patas, echa las alas, y de gusano pasa a volátil, que cría y da a luz un pequeño gusano, mosca más tarde. Vive en sociedad con los hombre, compartiendo sus alimentos y su mesa, y toma de tomo menos aceite, pues el probarlo le produce la muerte. Y, aunque es de corta existencia ―su vida queda estrechamente limitada―, se complace especialmente en la luz y por ella se rige. De noche descansa y no vuela ni canta, sino que se oculta y permanece inmóvil.

5 Puedo hablar también de su inteligencia, nada pequeña, para escapar de su cazadora y enemiga, la araña. Si ésta trama la emboscada, la acecha, y cuando se ve frente a ella cambia su rumbo, para no caer en la red y dar en las telas del animal. De su valor y arrojo ni hemos de hablar nosotros, sino el poeta de más potente voz: Homero. Al tratar de ensalzar al mejor de los héroes*2, no compara su arrojo con el del león, el leopardo o el jabalí, sino con la audacia de la mosca y la intrepidez y persistencia de su ataque, y no le atribuye temeridad, sino audacia*3, pues incluso apartada ―dice― no abandona, sino que está ansiosa por picar. Tanto ensalza y aprecia a la mosca, que no la menciona ocasionalmente una vez ni en escasos pasajes, sino con frecuencia: así su recuerdo adorna sus versos. Ora describe su vuelo en enjambre hacia la leche*4, ora ―cuando Atenea aparta el dardo de Menelao, para que no dé en sus parte vitales, y la compara con una madre que vela a su hijo dormido*5― introduce de nuevo la mosca en la comparación. Además, las adornó con un bellísimo epíteto al calificarlas de «espesas» y llamar «naciones» a su enjambre*6.

6 Es tan fuerte, que cuando pica atraviesa no sólo la piel del hombre, sino la del buey y la del caballo, y hasta al elefante daña penetrando en sus arrugas y lacerándolo con su trompa en proporción a su tamaño. De celo, amor y uniones tienen gran libertad, y el macho no monta y desciendo al instante, como en los gallos, sino que se mantiene mucho rato sobre la hembra, y ella lleva al novio, y unidos vuelan sin romper en su evolución ese coito aéreo. Con la cabeza cortada, vive el cuerpo de la mosca mucho tiempo y sigue respirando.

7 Mas quiero referirme al aspecto más extraordinario de su naturaleza. Es éste el único dato que Platón omite en su tratado acerca del alma y su inmortalidad. Cuando muere una mosca, resucita si se la cubre de ceniza, operándose en ella una palingenesia y segunda vida desde un principio*7, de modo que todos pueden quedar completamente convencidos de que también su alma es inmortal, si parte y regresa de nuevo, reconoce y reanima su cuerpo, haciendo volar la mosca: así confirma la leyenda acerca de Hermótimo de Clazómenas, de que su alma muchas veces le abandonaba, se alejaba por propia iniciativa y después regresaba, volvía a ocupar su cuerpo y a reanimar a Hermótimo.

8 No trabaja: sin fatiga disfruta de los esfuerzos ajenos y tiene la mesa llena en todas partes, pues las cabras son ordeñadas para ella en todas partes, pues las cabras son ordeñadas para ella, las abejas no trabajan menos para las moscas que para el hombre, los cocineros condimentan para ella los alimentos, que prueba incluso antes que los propios reyes; se pasea por las mesas, participa de sus festines y comparte todos sus goces.

9 No establece su nido o habitación en un único sitio, sino que remonta el vuelo errante como los escitas, y allí donde le sorprende la noche establece su hogar y lecho. Pero en la oscuridad, como dije, no hace nada: ni pretende realizar acción alguna a hurtadillas, ni cometer algo vergonzoso que, hecho a la luz, la avergüence.

10 Cuenta la leyenda que en la antigüedad existió una mujer llamada Mía*8, muy hermosa, pero charlatana, entrometida y aficionada al canto, rival de Selene por amar ambas a Endimión. Como despertaba continuamente al mozo mientras dormía con sus charlas, canturreos y bromas, éste se irritó y Selene, encolerizada, convirtió a Mía en mosca. Por eso siente envidia de todos cuantos duermen, y en especial de los jóvenes y niños, en recuerdo de Endimión. La misma mordedura y su deseo de sangre no es signo de fiereza, sino de amos y afecto al hombre, pues en lo posible goza de él y algo extrae de la flor de su belleza.

11 Hubo también, según los antiguos, una mujer de su mismo nombre, poetisa muy bella e inspirada; y también otra, famosa cortesana del Ática, de la que el poeta cómico dijo: «Mía le mordía hasta el corazón»*9; por tanto, la gracia cómica ni despreció ni excluyó de la escena el nombre de la mosca, ni los padres se avergonzaban de llamar así a sus hijas. La tragedia también menciona a la mosca con gran alabanza, como en estos versos:

Terrible es que la mosca, con indómita fuerza,
Salte sobre los hombres para hartarse de sangre,
Y a los hoplitas su lanza hostil perturbe
*10.

Mucho más podría añadir acerca de Mía, la pitagórica*11, si su historia no fuera conocida de todos.

Existen también unas moscas muy grandes, comúnmente llamadas «guerreras», y «perros voladores» por algunos, de zumbido extremadamente ronco y muy veloces en el vuelo; gozan de larga vida y resisten todo el invierno sin comer, adheridas con frecuencia a las techumbres; merece admiración su peculiaridad de realizar la función de ambos sexos, autofecundándose igual que el hijo de Hermes y Afrodita, de dos naturalezas y doble belleza.

Y, aun cuando aún puedo añadir mucho más, pondré fin a mi discurso, no parezca, como dice el refrán, que hago un elefante de una mosca.


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1El griego dice literalmente «como los demás (sc. volátiles)».
2 Ilíada XVII 570. Atenea infunde en el pecho de Menelao la «audacia de la mosca».
3 La distinción sutil entre conceptos tan afines como thrásos (=«audacia»), propia de los sofistas, es ajena a la lengua de Homero y al uso común del griego.
4 Ilíada II 469; XVI 641
5 Ilíada IV 130.
6 Ilíada II 469.
7 ELIANO, Hist. Animal II 29.
8 Transcripción del sustantivo griego Myîa (=«Mosca»).
9 Texto de origen desconocido (KOCK, Comic. Attic. Fragmen., 1880-88, fr. Adesp. 475).
10 Texto igualmente desconocido (NAUCK, Trag. Graec. Fragm., 2.ª ed., Leipzing, 1889, fr. Adesp. 295).
11 Al parece, fue hermana de Pitágoras y esposa de Milón de Crotona, el famoso atleta.

Luciano, Obras I
Traducción y notas de Andrés Espinosa Alarcón
Biblioteca Clásica Gredos
1a ed. , 1981
Págs. 104-9

sábado, 14 de noviembre de 2009

Hay que leer o no leer; Oscar Wilde


Los libros pueden ser muy cómodamente divididos en tres clases:

1a. Los libros que hay que leer, como las Cartas, de Cicerón; Suetonio; las Vidas de los pintores, de Vasari; la Autobiografía de Benvenuto Cellini; sir John Mandeville, Marco Polo, las Memorias de Saint-Simon, Mommsen y (hasta que tengamos otra mejor) la Historia de Grecia, por Grote.

2a. Los libros que hay que releer, como Platón y Keats en la esfera de la poesía, los maestros y no los artesanos en la esfera de la filosofía, los videntes y no los "sabios".

3a. Los libros que no hay que leer nunca, como las Estaciones, de Thomson; todos los Santos Padres, excepto San Agustín; todo John Stuart Mill, excepto el Ensayo sobre la libertad; todo el teatro de Voltaire, sin excepción alguna; la Inglaterra, de Hume; todos los libros de argumentación y todos aquellos en que se intenta probar algo.

La tercera clase es, con mucho, la más importante. Decir a la gente lo que debe leer es generalmente inútil o perjudicial, porque la apreciación de la literatura es cuestión de temperamento y no de enseñanza.

No existe ningún manual del aprendiz de Parnaso, y nada de lo que se puede aprender por medio de la enseñanza vale la pena aprenderse.

Pero decir a la gente lo que no debe leer es cosa muy distinta, y me atrevo a recomendar este tema a la Comisión del proyecto de ampliación universitaria.

Realmente, es una de las necesidades que se dejan sentir, sobre todo en este siglo en que vivimos, en un siglo en que se lee tanto, que ya no tiene uno tiempo de admirar, y en que se escribe tanto, que ya no tiene uno tiempo de pensar.

Quien escoja en el caos de nuestros modernos programas los Cien peores libros y publique la lista de ellos, hará un verdadero y eterno favor a las generaciones futuras.



Oscar Wilde. Obras completas
Ed. Aguilar. México, 1991
Págs. 1124-5
14 de noviembre de 2009

viernes, 9 de octubre de 2009

La migala; Juan José Arreola


La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.

Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la aralia sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.

Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.

Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.

Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.

lunes, 5 de octubre de 2009

El Basilisco (abreviado); J. L. Borges con Margarita Guerrero


En el curso de las edades, el Basilisco se modifica hacia la fealdad y el horror y ahora se lo olvida. Su nombre significa «pequeño rey»; para Plinio el Antiguo (VIII, 33), el Basilisco era una serpiente que en la cabeza tenía una mancha clara en forma de corona. A partir de la Edad Media, es un gallo cuadrúpedo y coronado, de plumaje amarillo, con grandes alas espinosas y cola de serpiente que puede terminar en un garfio o en otra cabeza de gallo. El cambio de la imagen se refleja en un cambio de nombre; Chaucer, en el siglo XIV, habla del basilicock. Uno de los grabados que ilustran la Historia Natural de las Serpientes y Dragones de Aldrovandi le atribuye escamas, no plumas, y la posesión de ocho patas*.

Lo que no cambia es la virtud mortífera de su mirada. Los ojos de las gorgonas petrificaban; Lucano refiere que de la sangre de una de ellas, Medusa, nacieron todas las serpientes de Libia: el Áspid, la Anfisbena, el Amódite, el Basilisco. El pasaje está en el libro noveno de la Farsalia [...]

El Basilisco reside en el desierto; mejor dicho, crea el desierto. A sus pies caen muertos los pájaros y se pudren los frutos; el agua de los ríos en que se abreva queda envenenada durante siglos. Que su mirada rompe las piedras y quema el pasto ha sido certificado por Plinio. El olor de la comadreja lo mata; en la Edad Media, se dijo que el canto del gallo. Los viajeros experimentados se proveían de gallos para atravesar comarcas desconocidas. Otra arma era un espejo; al Basilisco lo fulmina su propia imagen.

Los enciclopedistas cristianos rechazaron las fábulas mitológicas de la Farsalia y pretendieron una explicación racional del origen del Basilisco. (Estaban obligados a creer en él, porque la Vulgata traduce por «basilisco» la voz hebrea Tsepha, nombre de un reptil venenoso.) La hipótesis que logró más favor fue la de un huevo contrahecho y deforme, puesto por un gallo e incubado por una serpiente o por un sapo. En el siglo XVII, Sir Thomas Browne la declaró tan monstruosa como la generación del Basilisco. Por aquellos años, Quevedo escribió su romance El Basilisco, en el que se lee:

_______________Si está vivo quien te vio,
_______________Toda tu historia es mentira,
_______________Pues si no murió, te ignora,
_______________Y si murió no lo afirma.
______

*Ocho patas tiene, según la Edda Menor, el caballo de Odín.


De: El libro de los seres imaginarios
Alianza Editorial. 2007

sábado, 3 de octubre de 2009

La muerte de Dido


Contexto:

Este pasaje que se encuentra al final del libro IV de la Eneida nos muestra los momentos finales de la reina. Después de que Eneas llegara con sus dárdanos a Cartago y de que hubiera vivido un romance y consumado su unión con Dido, quien antes de la llegada del héroe había sido fiel a la memoria de su difunto esposo jurando no volver a amar a otro hombre, éste decide partir para continuar con su meta original: fundar una nueva Troya. Dido se destroza al saber de la partida sin que Eneas le hubiera dicho nada. Sus últimas palabras están cargadas del despecho que sufre una mujer por el abandono de su amante, un despecho narrado como ningún otro entre las letras latinas.
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Al punto el mismo ardor cunde entre todos.
Lánzanse arrebatados. Dejan atrás la orilla.
Desaparece el mar bajo las velas. Afanosos baten
rizando espumas las olas verdiazules.
Ya irrumpía la Aurora abandonado el lecho azafranado de Titono
y empezaba a esparcir sus nuevos rayos por el haz de la tierra.
Al punto en que la reina ve alborear de su atalaya el día
y alejarse la flota, las velas a la par firmes al viento
y contempla desierta la ribera y el puerto sin remeros,
hiere su hermoso pecho tres veces, cuatro veces,
y mesándose su rubia cabellera: «¡Oh Júpiter! ¿Se irá este advenedizo
haciendo escarnio de mi reino? ―prorrumpe. ¿Y no corren los míos a las armas?
y no salen de toda la ciudad a perseguirle
y no arrebatan las naves de los diques? ¡Ea, presto, las teas! Traed dardos,
volcaos en los remos. ¿Qué digo? ¿Dónde estoy?
¿Qué locura me trastorna la mente?
¡Desventurada Dido! ¡Ahora te hiere el alma su malvado proceder!
Entonces debió ser, cuando ponías en su mano el cetro.
Ve cómo cumple la palabra dada
el que lleva consigo los dioses hogareños de su patria, según dicen,
el que cargó a sus hombros a su padre acabado por los años.
¿Y no pude apresarlo y desgarrar sus miembros
y esparcirlos por las olas? ¿Y no logré acabar a hierro con su gente,
matar al mismo Ascanio y ofrecerlo a su padre por manjar?
¿Que era dudoso el resultado de esa lucha?
Aunque lo fuera. ¿A qué temer cuando se va a morir?
Hubiera yo prendido fuego a su campamento y quemado las quillas de las naves
y exterminado a hijo y padre y a todo su linaje
y yo misma sobre ellos me hubiera dado muerte.
¡Sol que iluminas con tu lumbre cuanto se hace en la tierra,
tú, Juno, medianera y testigo de mis penas,
Hécate a quien invocan a alaridos de noche por las encrucijadas
de las ciudades, Furias vengadoras, vosotros divinos valedores de la muerte de Elisa,
atendedme, volved vuestro poder divino hacia mis males,
lo merezco, y escuchar mis plegarias!
Si es forzoso que ese hombre de nefanda maldad arribe a puerto
y que consiga a nado ganar tierra, si así lo impone la voluntad de Júpiter
y es designio inmutable, que a lo menos acosado en la guerra por las armas
de un pueblo arrollador, fuera de sus fronteras,
arrancado a los brazos de su Julo,
implore ayuda y vea la muerte infortunada de los suyos,
y después de someterse a paz injusta no consiga gozar de su reinado
ni de la dulce luz y caiga antes de tiempo
y yazga su cadáver insepulto en la arena. Esto es lo que os pido,
la última ansia que escapa de mi pecho con mi sangre.
Y vosotros, mis tirios, perseguid sañudos a su estirpe,
y a toda su raza venidera, rendid este presente a mis cenizas:
que no exista amistad ni alianza entre ambos pueblos. ¡Álzate de mis huesos,
tú vengador, quien fueres, y arrolla a fuego y hierro a los colonos dárdanos,
ahora, en adelante, en cualquier tiempo que se os dé pujanza!
¡En guerra yo os conjuro, costa contra costa, olas contra olas,
armas contra armas, que haya guerra entre ellos
y que luchen los hijos de sus hijos!*»
Dice. Y revuelve su alma a todas partes ansiosa de cortar
cuanto antes a cercén la vida que aborrece.
Luego habla unas palabras con Barce, la nodriza de Siqueo,
pues la oscura ceniza de la suya la retenía su primera patria:
«Ve, querida nodriza, tráeme aquí a mi hermana Ana,
dile que corra a rociarse el cuerpo con el agua lustral
y que traiga las víctimas y ofrendas
de expiación prescritas. Que venga preparada como le digo. Tú cúbrete la frente
con la ínfula sagrada. Pienso acabar los ritos a Júpiter Estigio
que tengo, como cumple, preparados y que ya he comenzado, y poner término
a mis penas entregando a las llamas la pira de ese dárdano».
Así habla. La nodriza, con premura de anciana, aviva el paso.
En tanto, Dido temblando, arrebatada por su horrendo designio,
revirando los ojos inyectados en sangre, jaspeadas las trémulas mejillas,
pálida por la muerte ya inminente, irrumpe por la puerta en el patio del palacio
y sube enloquecida a lo alto de la pira y desenvaina la espada del troyano,
prenda que no pidió con ese fin. Después que contempló
los vestidos traídos de Ilión y el conocido lecho, llorando se detuvo
un momento en sus recuerdos. Luego se echó de pechos sobre el tálamo
profiriendo estas últimas palabras: «¡Dulces prendas un tiempo,
mientras el hado y Dios lo permitieron**,
tomad mi alma y libradme de esta angustia!
He vivido mi vida, he dado cima al curso que me había fijado la fortuna.
Ahora caminará mi sombra, plena ya, bajo la tierra.
He fundado una noble ciudad, he visto mis murallas,
he vengado a mi esposo y le he cobrado el castigo a mi hermano, mi enemigo.
¡Feliz, ay, demasiado feliz si no hubieran jamás
naves troyanas arribado a mis playas!»
Dice así. Y hundiendo rostro y labios en su lecho:
«Moriré sin venganza, pero muero.
Así, aún me agrada descender a las sombras. ¡Que los ojos del dárdano cruel
desde alta mar se embeban de estas llamas y se lleve en el alma
el presagio de mi muerte!» Fueron sus últimas palabras. Hablaba todavía
cuando la ven volcarse sobre el hierro sus doncellas y ven la espada
espumando sangre que se le esparce por las manos.
El griterío asciende a la alta bóveda. La Fama va danzando delirante
por la ciudad atónita. Lamentos y gemidos y alaridos de mujeres
estremecen las casas. Va resonando el aire cimero de plañidos imponentes,
igual que si Cartago entera o si la antigua Tiro se vieran invadidas de enemigos
y avanzara rodando la furia de las llamas por lo alto de las casas de los hombres
y los templos de los dioses. Lo escucha su hermana sin aliento.
Despavorida se abalanza corriendo a través de la turba
hiriéndose la cara con las uñas y el pecho con los puños
y gritando llama a la moribundo por su nombre:
«¡Esto te proponías, hermana! ¡Pretendías engañarme! ¡Esto me reservaban
este fuego, esta pira, estos altares! ¿Por dónde empiezo a lamentarme
de tu abandono? ¿Has desdeñado que tu hermana te hiciese compañía al morir?
Si me hubieras llamado a compartir tu suerte,
la misma espada, una misma hora
nos hubiera a los dos arrebatado. Pensar que he alzado yo con estas manos
la pira y que he invocado a nuestros dioses paternos con mi voz
para que cuando tú te vieras en la pura, ¡cruel de mí!, estuviera yo lejos.
Te has destruido a ti y a mí contigo, hermana,
y a tu pueblo y al senado de Sidón
y a la misma ciudad. Dejad lave con agua las heridas
y si vaga algún soplo de vida por sus labios todavía,
dejadme recogerlo en los míos».
Dijo. Había escalado las gradas de la pira y abrazando a su hermana agonizante
la abrigaba en su seno entre sollozos y trataba con su ropa
de restañar los brotes de oscura sangre.
Dido intenta alzar los párpados pesados.
De nuevo desfallece. La honda herida de la espada clavada borbollea en su pecho.
Tres veces apoyándose en el codo intenta incorporarse, otras tres
cae hacia atrás rodando sobre el lecho. Sus ojos extraviados
buscan la luz del día por la bóveda del cielo.
Al hallarla prorrumpe en un gemido.
Entonces apiadada la omnipotente Juno de su largo dolor y penosa agonía
Manda a Iris*** que descienda del Olimpo a que libere su alma,
que lucha por soltarse de los lazos del cuerpo.
Pues como no finaba por designio del hado ni por muerte merecida,
pero la infortunada moría antes de tiempo arrebatada de súbita locura,
no había Prosérpina todavía cortado el rubio bucle de su frente****,
ni lo había ofrendado al Orco estigio*****. Al punto Iris, brillantes de rocío
las alas de azafrán, cobrando al sol frontero su espejeo de mil variados visos,
desciende por el cielo volandera y sobre su cabeza amaina el vuelo.
«Tomo, como me mandan, esta ofrenda consagrada a Plutón.
Te desligo de tu cuerpo». Dice y le corta el bucle con su mano.
Al instante se disipa todo el calor del cuerpo y su vida se pierde entre las auras.
________________


_______*Presagia Dido las guerras que habían de emprender los troyanos al llegar aItalia. Y sobretodo la amenaza de las Guerras Púnicas y de su feroz vengador, Aníbal.
_______**Sabido es que esta postrera añoranza de la reina halla su resonancia en la de Garcilaso por su Isabel de Freire. Ved cómo la recoge el más dulce y suave de sus sonetos:
_________________Oh dulces prendas, por mí mal halladas,
_________________Dulces y alegres, cuando Dios quería!
_________________Juntas estáis en la memoria mía,
_________________Y con ella en mi muerte conjuradas.

(Soneto X, según ed. A. GALLEGO MORELL, Garcilaso de la Vega y sus comentaristas, Madrid, Gredos, 1972).
_______***Mensajera de los dioses, hija de Juno.
_______****Antes de sacrificarlas solía cortarse de la frente de las víctimas un mechón de pelo que se ofrecía como primicia a Prosérpina, divinidad de los Infiernos, rito que se aplicó a los seres humanos antes de morir. Pero como la muerte de Dido era antes de tiempo, Prosérpina, encargada del menester, tardaba en cumplirlo. De ahí que Juno mande a Iris a que lo haga.
_______***** El Orco era una divinidad de los Infiernos y de la muerte. La Estigia era uno de los ríos de la región de la muerte. Aquí el Orco estigio se identifica con Plutón, dios de los Infiernos.



Virgilio, Eneida IV 581-705
Traducción y notas de Javier de Echave-Sustaeta
Gredos. Primera edición, segunda reimpresión

jueves, 10 de septiembre de 2009

Visita a Gandhi (un fragmento del diario de Gog); Giovanni Papini


Ahmedabad, 3 [de] marzo

No quería abandonar la India sin haber visto al más célebre hindú viviente, y fui, hace dos días, al Satyagraha, Ashram, domicilio de Gandhi.

El Mahatma me ha recibido en una estancia casi desnuda, en donde él, sentado en el suelo, se hallaba meditando junto a un argadillo inmóvil. Me ha parecido más feo y más descarnado de lo que aparece en las fotografías.

-Usted quiere saber -me ha dicho entre otras cosas- por qué deseamos expulsar a los ingleses de la India. La razón es sencilla: son los mismos ingleses los que han hecho nacer en mí esta idea castizamente europea. Mi pensamiento se formó durante mi larga estancia en Londres. Me di cuenta de que ningún pueblo europeo soportaría el ser administrado y mandado por hombres de otro pueblo. Entre los ingleses, sobre todo, este sentido de la dignidad y de la autonomía nacional está desarrolladísimo. No quiero ingleses en mi casa precisamente porque me parezco demasiado a los ingleses. Los antiguos hindúes se preocupaban muy poco de las cuestiones de la tierra y mucho menos de la política. Sumergidos en la contemplación del Atman, del Brahman, del Absoluto, deseaban solamente fundirse en el Alma única del universo. Para ellos, la vida ordinaria, exterior, era un tejido de ilusiones, y lo importante era libertarse de ella lo más pronto posible, primeramente con el éxtasis y luego con la muerte. La cultura inglesa, de sentido occidental -importada por efecto de la conquista-, ha cambiado nuestro concepto de la vida. Digo nuestro para decir el de los intelectuales, pues la masa ha permanecido durante siglos refractaria al mensaje europeo de la libertad política. El primero en sentirse impregnado de las ideas occidentales he sido yo, y me he convertido en el guía de los hindúes precisamente porque soy el menos hindú de todos mis hermanos.

»Si lee usted mis libros y sigue mi propaganda, verá claramente que las cuatro quintas partes de mi cultura y de mi educación espiritual y política son de origen europeo. Tolstoi y Ruskin son mis verdaderos maestros. El cristianismo ha inspirado, más que el Budismo, mi teoría de la no resistencia. He traducido a Platón, admiro a Mazzini, he meditado sobre Bacon, sobre Carlyle, sobre Boehme, me he servido de Emerson y de Charpentier. Mis ideas sobre la necesidad de la desobediencia, proceden de Thoreau, el sabio solitario de Concord; y mi campaña contra las máquinas es una repetición de aquella que los luditas, es decir, los secuaces de Ned Lud, realizaron en Inglaterra de 1811 a 1818. Finalmente, la poesía del argadillo se me reveló leyendo, en el Fausto de Goethe, el episodio de Margarita. Como ve, mis teorías no deben nada a la India, vienen todas de Europa y especialmente de los escritores de lengua inglesa. Figúrese que únicamente en Londres, en 1890 estudié la Bhaga[v]ad Gita, por indicación de Mrs. Besant, ¡una inglesa! Y al propugnar hoy la unión entre hindúes, mahometanos, parsis y cristianos no hago más que seguir el principio de la unidad religiosa proclamada por la Teosofía, creación castizamente europea. Huelga añadir que mi condenación de las castas deriva de los principios de igualdad de la Revolución francesa.

»La historia de Europa en el siglo XIX tuvo sobre mí una influencia decisiva. Las luchas de los griegos, de los italianos, de los polacos, de los húngaros, de los eslavos del Sur para sustraerse al dominio extranjero me han abierto los ojos. Mazzini ha sido mi profeta. La teoría del Home Rule de Irlanda es el modelo del movimiento que yo he llamado aquí Hind Swarai. He introducido en la India, por lo tanto, un principio absolutamente extraño a la mente hindú. Los hindúes, hombres metafísicos y cuerdos, han considerado siempre la política como una actividad inferior: si es necesario un poder y si hay gente que lo quiera ejercitar -pensaban- dejémosles hacer; será una molestia menos para nosotros. El hindú vive en el reino del espíritu puro, aspira a la eternidad. ¿Qué importa que le gobiernen rajás indígenas o emperadores extranjeros? Por esto soportamos durante siglos el dominio mongol y el mahometano. Luego vinieron los franceses, los holandeses, los portugueses, los ingleses; establecieron factorías en la costa, avanzaron hacia el interior, y les dejamos hacer. Son los europeos, y únicamente los europeos, los responsables de nuestro deseo presente de arrojar a los europeos. Sus ideas nos han cambiado, es decir, "desindianizado", y entonces, convertidos en discípulos de nuestros amos, ha nacido el deseo de no querer ya más amos. El que está más saturado de pensamiento inglés soy yo, y por esto estaba destinado a ser el jefe de la cruzada antiinglesa. No se trata aquí, como presumen los periodistas europeos, de una lucha entre el Occidente y el Oriente. Al contrario: el europeísmo ha impregnado de tal modo la India que nos hemos visto obligados a levantarnos contra Europa. Si la India hubiera permanecido puramente hindú, es decir, fiel a Oriente, toda contemplativa y fatalista, nadie de los nuestros habría pensado en sacudir el yugo inglés. En el momento en que fui traidor al espíritu antiguo de mi patria aparecí como el libertador de la India. Las ideas europeas a través de mi proselitismo -preparado de un modo excelente por la cultura inglesa difundida en nuestras escuelas- ha penetrado en las multitudes, y ya no hay remedio. Un hindú auténtico puede tolerar ser esclavo; un hindú anglicanizado quiere ser dueño de la India, como de Inglaterra los ingleses. Los más anglófilos -como lo era yo hasta fines de 1920- son necesariamente antibritánicos.

»Éste es el verdadero secreto de lo que se llama "movimiento gandhista", pero que debería llamarse propiamente "movimiento de los hindúes convertidos al europeísmo contra los europeos renegados", es decir, contra esos ingleses que morirían de vergüenza si fuesen a mandar a su país los franceses o los alemanes, y que luego pretenden gobernar, con la excusa de la filantropía, un país que no les pertenece. ¡Nos habéis cambiado el alma y ya no queremos saber nada de vosotros! ¿Recuerda el Aprendiz de Mago, de Goethe? Los ingleses han despertado en nosotros el dominio de la política que dormía en el fondo de nuestro espíritu de ascetas desinteresados, y ahora ya no saben cómo poderlo hacer desaparecer. ¡Peor para ellos!

Hacía ya algunos minutos que había entrado un discípulo en la habitación y silenciosamente había hecho una seña al Mahatma. Apenas hubo terminado de hablar, me puse en pie para dejarle en libertad y, después de haberle dado las gracias por sus inesperadas informaciones, regresé en automóvil a Ahmedabad.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Some serious enemies of Christianity in times of the Roman Empire


[...] it is remarkable that among the emperors it was not the willful tyrants of the Nero type or the fanatical reactionaries of the Julian type that were a serious danger to Christianity but the righteous Stoics of the type of Marcus Aurelius. The reason for this is that Courage and Wisdom: The Stoics n the Stoic has a social and personal courage which is a real alternative to Christian courage.

Stoic courage is not an invention of the Stoic philosophers. They gave it classical expression in rational terms; but its roots go back to mythological stories, legends of heroic deeds, words of early wisdom, poetry and tragedy, and to centuries of philosophy preceding the rise of Stoicism. One event especially gave the Stoics' courage lasting power the death of Socrates. That became for the whole ancient world both a fact and a symbol. It showed the human situation in the face of fate and death. It showed a courage which could affirm life because it could affirm death. And it brought a profound change in the traditional meaning of courage. In Socrates the heroic courage of the past was made rational and universal. A democratic idea of courage was created as against the aristocratic idea of it. Soldierly fortitude was transcended by the courage of wisdom. In this form it gave "philosophical consolation" to many people in all sections of the ancient world throughout a period of catastrophes and transformations.

Paul Tillich
The Courage to Be
1. Being and Courage
Courage and Wisdom: The Stoics

lunes, 31 de agosto de 2009

When a man to mitigate his punishment claims that his actions were 'natural'...


[The Captain of the Star of the Sea, a vessel, writes:]


Tonight I had necessity to punish one of the men, Joseph Cartigan of Liverpool, who had been importuning some of the women in steerage and making shameful suggestions by which he meant to gain advantage from their present unhappy state. Apparently he had been offering food in return. I do not like at all to punish the men, but they know I will not have decent girls ruined on my ship. Summoning him to my quarters, I asked if he had a mother; anod how would he care for her to be translated to a whore? He said she was one already, the busiest in Liverpool. (I swear his ears quite wriggle with insolence.)

Chaucer asserts, in his Prologue of the Reeve: ‘Til we be roten kan we not be rype.’ If that be the case, then this Mersey-mud placket-hound is so ripe as to be practically intoxicating.

His appeal was that he had attemted nothing save what was natural, given the length of the voyage & cetera. At that I ordered the wretch’s rations halved for three days, the moiety to be given to some poor girl in steerage. I have oftentimes observed the veracity of the late Admrl. Wm. Bligh’s remark (first captain under whom I myself served as a boy, on the charting and fathoming of Dublin Bay) that when a man claims in mitigation that his actions be ‘natural’ he is invariably behaving much worse than a beast, without exception to one much weaker than himself.



Joseph O’Connor
Star of the Sea
Harvest, 2004
Pages 153-4

sábado, 22 de agosto de 2009

Las obras maestras de la literatura (fragmento de un diario de Gog); Giovanni Papini


Cuba, 7 [de] noviembre

Tenía necesidad, para ciertos propósitos míos, de conocer lo que los profesores de los colléges llaman las «obras maestras de la literatura». Di a un laureado bibliotecario, que me aseguraron que era un conocedor perfecto de ellas, la orden de prepararme una lista, lo más restringida posible, de obras, y de procurármelas en las mejores condiciones. Apenas me hallé en posesión de estos tesoros, no permití la entrada a nadie, y ya no me levanté de la cama.

Las primeras se me antojaron malas y me pareció increíble que tales humbugs fuesen verdaderamente los productos de primera calidad del espíritu humano. Aquello que no comprendía me parecía inútil; lo que comprendía no me gustaba o me ofendía. Género absurdo, aburrido; tal vez insignificante o nauseabundo. Relatos que si eran verdaderos me parecían inverosímiles, y si inventados, insulsos. Escribí a un profesor célebre de la Universidad de W. para preguntarle si aquella lista estaba bien hecha. Me contestó que sí y me dio algunas indicaciones. Tuve valor para leer aquellos libros, todos, menos tres o cuatro que no pude soportar desde las primeras páginas.

Huestes de hombres, llamados héroes, que se despanzurraban durante diez años seguidos bajo las murallas de una pequeña ciudad, por culpa de una vieja seducida; el viaje de un vivo en el embudo de los muertos como pretexto para hablar mal de los muertos y de los vivos; un loco hético y un loco gordo que van por el mundo en busca de palizas; un guerrero que pierde la razón por una mujer y se divierte en desbarbar las encinas de las selvas; un villano cuyo padre ha sido asesinado y que, para vengarle, hace morir a una muchacha que le ama y a otros variados personajes; un diablo cojo que levanta los tejados de todas las casas para exhibir sus vergüenzas; las aventuras de un hombre de mediana estatura que hace el gigante entre los pigmeos y el enano entre los gigantes, siempre de un modo inoportuno y ridículo; la odisea de un idiota que a través de una serie de bufas desventuras sostiene que este mundo es el mejor de los mundos posibles; las peripecias de un profesor demoníaco servido por un demonio profesional; la aburrida historia de una adúltera provinciana que se fastidia y, al fin, se envenena; las salidas locuaces e incomprensibles de un profeta acompañado de un águila y de una serpiente; un joven pobre y febril que asesina a una vieja, y luego, imbécil, no sabe siquiera aprovecharse de la coartada y acaba cayendo en manos de la Policía.

Me pareció comprender, con mi cabeza virgen, que esa literatura tan alabada se hallaba apenas en la edad de la piedra, lo que me dejó desesperadamente desilusionado. Escribí a un especialista en poesía, el cual intentó confundirme diciéndome que aquellas obras valían por el estilo, la forma, el lenguaje, las imágenes y los pensamientos y que un espíritu educado podía experimentar con ellas grandísimas satisfacciones. Le contestó que, por mi parte, obligado a leer casi todos aquellos libros en traducciones, la forma importaba poco, y que el contenido me parecía, como es, anticuado, insensato, estúpido y extravagante. Gasté cien dólares* en esta consulta, sin ningún fruto.

Por fortuna conocí más tarde a algunos escritores jóvenes que confirmaron mi juicio sobre aquellas viejas obras y me hicieron leer sus libros, donde encontré, entre muchas cosas turbias, un alimento más adecuado a mis gustos. Me ha quedado, sin embargo, la duda de que la literatura sea tal vez incapaz de perfeccionamientos decisivos. Es muy probable que nadie, dentro de un siglo, se dedique a una industria tan atrasada y poco remuneradora.
(Es más ameno, sin considerar si más fiel al original no, el texto de la edición de Lectorum, 2007)
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*Nota del autor del blog: Por lo visto Papini no sabe cómo hablan los ricos. Nos encontramos con que aquél personaje que unas páginas atrás de esta misma obra nos había sido descrito como uno de los hombres más ricos de los Estados Unidos, es decir del planeta (I. Cómo conocí a Gog) aparece aquí haciéndonos el curioso comentario de que la poco productiva consulta le costó cien dólares.

domingo, 5 de julio de 2009

Is spiritual value undone if we can explain that it comes from a "lowly" origin?


Spinoza says: "I will analyze the actions and appetites of men as if it were a question of lines, of planes, and of solids." And elsewhere he remarks that he will consider our passions and their properties with the same eye with which he looks on all other natural things, since the consequences of our affections flow from their nature with the same necessity as it results from the nature of a triangle that its three angles should be equal to two right angles. Similarly M. Taine, in the introduction to his history of English literature, has written: "Whether facts be moral or physical, it makes no matter. They always have their causes. There are causes for ambition, courage, veracity, just as there are for digestion, muscular movement, animal heat. Vice and virtue are products like vitriol and sugar." When we read such proclamations of the intellect bent on showing the existential conditions of absolutely everything, we feel- quite apart from our legitimate impatience at the somewhat ridiculous swagger of the program, in view of what the authors are actually able to perform- menaced and negated in the springs of our innermost life. Such cold-blooded assimilations threaten, we think, to undo our soul's vital secrets, as if the same breath which should succeed in explaining their origin would simultaneously explain away their significance, and make them appear of no more preciousness, either, than the useful groceries of which M. Taine speaks.

Perhaps the commonest expression of this assumption that spiritual value is undone if lowly origin be asserted is seen in those comments which unsentimental people so often pass on their more sentimental acquaintances. Alfred believes in immortality so strongly because his temperament is so emotional. Fanny's extraordinary conscientiousness is merely a matter of over-instigated nerves. William's melancholy about the universe is due to bad digestion- probably his liver is torpid. Eliza's delight in her church is a symptom of her hysterical constitution. Peter would be less troubled about his soul if he would take more exercise in the open air, etc. A more fully developed example of the same kind of reasoning is the fashion, quite common nowadays among certain writers, of criticizing the religious emotions by showing a connection between them and the sexual life. Conversion is a crisis of puberty and adolescence. The macerations of saints, and the devotion of missionaries, are only instances of the parental instinct of self-sacrifice gone astray. For the hysterical nun, starving for natural life, Christ is but an imaginary substitute for a more earthly object of affection. And the like. *
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* As with many ideas that float in the air of one's time, this notion shrinks from dogmatic general statement and expresses itself only partially and by innuendo. It seems to me that few conceptions are less instructive than this re-interpretation of religion as perverted sexuality. It reminds one, so crudely is it often employed, of the famous Catholic taunt, that the Reformation may be best understood by remembering that its fons et origo was Luther's wish to marry a nun:- the effects are infinitely wider than the alleged causes, and for the most part opposite in nature. It is true that in the vast collection of religious phenomena, some are undisguisedly amatory- e.g., sex-deities and obscene rites in polytheism, and ecstatic feelings of union with the Saviour in a few Christian mystics. But then why not equally call religion an aberration of the digestive function, and prove one's point by the worship of Bacchus and Ceres, or by the ecstatic feelings of some other saints about the Eucharist? Religious language clothes itself in such poor symbols as our life affords, and the whole organism gives overtones of comment whenever the mind is strongly stirred to expression. Language drawn from eating and drinking is probably as common in religious literature as is language drawn from the sexual life. We 'hunger and thirst' after righteousness; we 'find the Lord a sweet savor;' we 'taste and see that he is good.' 'Spiritual milk for American babes, drawn from the breasts of both testaments,' is a sub-title of the once famous New England Primer, and Christian devotional literature indeed quite floats in milk, thought of from the point of view, not of the mother, but of the greedy babe.

Saint François de Sales, for instance, thus describes the 'orison of quietude': "In this state the soul is like a little child still at the breast, whose mother, to caress him whilst he is still in her arms, makes her milk distill into his mouth without his even moving his lips. So it is here.... Our Lord desires that our will should be satisfied with sucking the milk which His Majesty pours into our mouth, and that we should relish the sweetness without even knowing that it cometh from the Lord." And again: "Consider the little infants, united and joined to the breasts of their nursing mothers, you will see that from time to time they press themselves closer by little starts to which the pleasure of sucking prompts them. Even so, during its orison, the heart united to its God oftentimes makes attempts at closer union by movements during which it presses closer upon the divine sweetness." Chemin de la Perfection, ch. xxxi.; Amour de Dieu, vii. ch. i.

In fact, one might almost as well interpret religion as a perversion of the respiratory function. The Bible is full of the language of respiratory oppression: "Hide not thine ear at my breathing; my groaning is not hid from thee; my heart panteth, my strength faileth me; my bones are hot with my roaring all the night long; as the hart panteth after the water-brooks, so my soul panteth after thee, O my God." God's Breath in Man is the title of the chief work of our best known American mystic (Thomas Lake Harris); and in certain non-Christian countries the foundation of all religious discipline consists in regulation of the inspiration and expiration.

These arguments are as good as much of the reasoning one hears in favor of the sexual theory. But the champions of the latter will then say that their chief argument has no analogue elsewhere. The two main phenomena of religion, namely, melancholy and conversion, they will say, are essentially phenomena of adolescence, and therefore synchronous with the development of sexual life. To which the retort again is easy. Even were the asserted synchrony unrestrictedly true as a fact (which it is not), it is not only the sexual life, but the entire higher mental life which awakens during adolescence. One might then as well set up the thesis that the interest in mechanics, physics, chemistry, logic, philosophy, and sociology, which springs up during adolescent years along with that in poetry and religion, is also a perversion of the sexual instinct:- but that would be too absurd. Moreover, if the argument from synchrony is to decide, what is to be done with the fact that the religious age par excellence would seem to be old age, when the uproar of the sexual life is past?

The plain truth is that to interpret religion one must in the end look at the immediate content of the religious consciousness. The moment one does this, one sees how wholly disconnected it is in the main from the content of the sexual consciousness. Everything about the two things differs, objects, moods, faculties concerned, and acts impelled to. Any general assimilation is simply impossible: what we find most often is complete hostility and contrast. If now the defenders of the sex-theory say that this makes no difference to their thesis; that without the chemical contributions which the sex-organs make to the blood, the brain would not be nourished so as to carry on religious activities, this final proposition may be true or not true; but at any rate it has become profoundly uninstructive: we can deduce no consequences from it which help us to interpret religion's meaning or value. In this sense the religious life depends just as much upon the spleen, the pancreas, and the kidneys as on the sexual apparatus, and the whole theory has lost its point in evaporating into a vague, general assertion of the dependence, somehow, of the mind upon the body.
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We are surely all familiar in a general way with this method of discrediting states of mind for which we have an antipathy. We all use it to some degree in criticizing persons whose states of mind we regard as overstrained. But when other people criticize our own more exalted soul-flights by calling them 'nothing but' expressions of our organic disposition, we feel outraged and hurt, for we know that, whatever be our organism's peculiarities, our mental states have their substantive value as revelations of the living truth; and we wish that all this medical materialism could be made to hold its tongue.

The Varieties of Religious Experience by William James
Lecture 1. Religion and Neurology
Pages 12-16
2002 Modern Library Paperback Edition

Lo que regía la vida de los aztecas...


Religión y destino regían su vida, como moral y libertad presiden la nuestra. Mientras nosotros vivimos bajo el signo de la libertad y todo —aun la fatalidad griega y la Gracia de los teólogos— es elección y lucha, para los aztecas el problema se reducía a investigar la no siempre clara voluntad de los dioses. De ahí la importancia de la prácticas adivinatorias. Los únicos libres eran los dioses. Ellos podían escoger y, por lo tanto, en un sentido profundo, pecar. La religión azteca está llena de grandes dioses pecadores —Quetzatcóatl, como ejemplo máximo—, dioses que desfallecen y pueden abandonar a sus creyentes, del mismo modo que los cristianos reniegan a veces de su Dios. La Conquista de México sería inexplicable sin la traición de los dioses que reniegan de su pueblo.

Octavio Paz
"Todos Santos, Día de Muertos"

domingo, 14 de junio de 2009

The role of existential judgments and propositions of value when considering the content of the Bible according to William James


In recent books of logic, distinction is made between two orders of inquiry concerning anything. First, what is the nature of it? how did it come about? what is its constitution, origin and history? And second, What is its importance, meaning, or significance, now that it is once here? The answer to the one question is given in an existential judgment or proposition. The answer to the other is a proposition of value, what the Germans call a Werthurtheil, or what we may, if we like, denominate a spiritual judgment. Neither judgment can be deduced immediately from the other. They proceed from diverse intellectual preoccupations, and the mind combines them only by making them first separately, and then adding them together.

In the matter of religions it is particularly easy to distinguish the two orders of question. Every religious phenomenon has its history and its derivation from natural antecedents. What nowadays is called the higher criticism of the Bible is only a study of the Bible from this existential point of view, neglected too much by the earlier church. Under just what biographic conditions did the sacred writers bring forth their various contributions to the holy volume? And what had they exactly in their several individual minds, when they delivered their utterance? These are manifestly questions of historical fact, and one does not see how the answer to them can decide offhand the still further question: of what else should such a volume, with its manner of coming into existence so defined, be to us as a guide to life and revelations? To answer this other question we must have already in our mind some sort of a general theory as to what the peculiarities in a thing should be which give it value for purposes of revelation; and this theory itself would be what I just called a spiritual judgment. Combining it with our existential judgment, we might indeed deduce another spiritual judgment as to the Bible’s worth. Thus if our theory of revelation-value were to affirm that any book, to possess it, must have been composed automatically or not by the free caprice of the writer, or that it must exhibit no scientific and history errors and express no local or personal passions, the Bible would probably fare ill at our hands. But if, on the other hand, our theory should allow that a book may well be a revelation in spite of errors and passions and deliberate human composition, if only it be a true record of the inner experiences of great-souled persons wrestling with the crises of their fate, then the verdict would be much more favorable. You see that the existential facts by themselves are insufficient for determining the value; and the best adepts of the higher criticism accordingly never confound the existential with the spiritual problem. With the same conclusions of fact before them, some take one view, and some other, of the Bible’s value as a revelation, according as their spiritual judgment as the foundation of value differs.

The Varieties of Religious Experience by William James
Lecture 1. Religion and Neurology
Pages 6-8
2002 Modern Library Paperback Edition

Huye de lo grandioso...



Huye de lo grandioso si no quieres morir aplastado por
__un merengue.


-Vicente Huidobro


Según Introducción de Altazor/Temblor de cielo
Edición de René Acosta
Pág. 17
Cátedra, 13a. edición

viernes, 12 de junio de 2009

Nightmare in Yellow; Fredric Brown


He awoke when the alarm clock rang, but lay in bed a while after he’d shut it off, going a final time over the plans he’d made for embezzlement that day and for murder that evening.

Every little detail had been worked out, but this was the final check. Tonight at forty-six minutes after eight he’d be free, in every way. He’d picked that moment because this was his fortieth birthday and that was the exact time of day, of the evening rather, when he had been born. His mother had been a bug on astrology, which was why the moment of this birth had been impressed on him so exactly. He wasn’t superstitious himself, but it had struck his sense of humour to have his new life begin at forty, to the minute.

Time was running out on him, in any case. As a lawyer who specialized in handling estates, a lot of money passed through his hands – and some of it had passed into them. A year ago he’d “borrowed” five thousand dollars to put into something that looked like a sure-fire way to double or triple the money, but he’d lost it instead. Then he “borrowed” more to gamble with, in one way or another, to try to recoup the first loss. Now he was behind to the tune of over thirty thousand; the shortage couldn’t be hidden more than another few months and there wasn’t a hope that he could replace the missing money by that time. So he had been raising all the cash he could without arousing suspicion, by carefully liquidating assets, and by this afternoon he’d have running away money to the tune of well over a hundred thousand dollars, enough to last him the rest of his life.

And they’d never catch him. He’d planned every detail of his trip, his destination, his new identity, and it was fool proof. He’d been working on it for months.

His decision to kill his wife had been relatively an after thought. The motive was simple: he hated her. But it was only after he’d come to the decision that he’d never go to jail, that he’d kill himself if he was ever apprehended, that it came to him that – since he’d die anyway if caught – he had nothing to lose in leaving a dead wife behind him instead of a living one.

He’d hardly been able to keep from laughing at the appropriateness of the birthday present she’d given him (yesterday, a day ahead of time); it had been a new suitcase. She’d also talked him into celebrating his birthday by letting her meet him downtown for dinner at seven. Little did she guess how the celebration would go after that. He planned to have her home by eight forty-six and satisfy his sense of the fitness of things by making himself a widower at that exact moment. There was a practical advantage, too, in leaving her dead. If he left her alive, but asleep, she’d guess what had happened and call the police when she found him gone in the morning. If he left her dead, her body would not be found that soon, possibly not for two or three days, and he’d have a much better start.

Things went smoothly at his office; by the time he went to meet his wife everything was ready. But she dawdled over drinks and dinner and he began to worry whether he could get her home by eight forty-six. It was ridiculous, he knew, but it had become important that his moment of freedom should come then and not a minute earlier or a minute later. He watched his watch.

He would have missed it by half a minute if he’d waited ‘till they were inside the house. But the dark of the porch of their house was perfectly safe, as safe as inside. He swung the crowbar viciously once, as she stood at the front door, waiting for him to open it. He caught her before she fell and managed to hold her upright with one arm while he got the door open and then got it closed from the inside.

Then he flicked the switch and yellow light leaped to fill the room, and, before they could see that his wife was dead and that he was holding her up, all the assembled birthday party guests shouted “Surprise!”

lunes, 25 de mayo de 2009

A preliminary statement of the Free Will Defense; Alvin Plantinga


A world containing creatures who are significantly free (and freely to perform more good than vile actions) is more valuable, all else being equal, than a world containing no free creatures at all. Now God can create free creatures, but He can’t cause or determine them to do only what is right. For if He does so, then they aren’t significantly free after all; they do not do what is right freely. To create creatures capable of moral good, therefore, He must create creatures capable of moral evil; and at the same time prevent them from doing so. As it turned out, sadly enough, some of the free creatures God created went wrong in the exercise of their freedom; this is the source of moral evil. The fact that free creatures sometimes go wrong, however, counts neither against God’s omnipotence nor against His goodness; for He could have forestalled the occurrence of moral evil only by removing the possibility of moral good.


The Analytical Theist, an Alvin Plantinga Reader
edited by James F. Sennett
page 27
Eerdmans, 1998

jueves, 21 de mayo de 2009

Qué puede ocurrir cuando se ofende al prójimo de acuerdo al budismo según Borges y al cristianismo


Dicen Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero en El libro de los seres imaginarios:

El Cien Cabezas

El Cien Cabezas es un pez creado por el karma de unas palabras, por su póstuma repercusión en el tiempo. Una de las biografías chinas del Buddha refiere que éste se encontró con unos pescadores, que tironeaban de una red. Al cabo de infinitos esfuerzos, sacaron a la orilla un enorme pez, con una cabeza de mono, otra de perro, otra de caballo, otra de zorro, otra de cerdo, otra de tigre, y así hasta el número cien. El Buddha le preguntó:

—¿No eres Kapila?

—Soy Kapila —respondieron las cien cabezas antes de morir.

El Buddha explicó a los discípulos que en una encarnación anterior, Kapila era un brahmán que se había hecho monje y que a todos había superado en la inteligencia de los textos sagrados. A veces, los compañeros se equivocaban y Kapila les decía cabeza de mono, cabeza de perro, etc. Cuando murió, el karma de esas invectivas acumuladas lo hizo renacer monstruo acuático, agobiado por todas las cabezas que había dado a sus compañeros.




Dice Mateo 5:21-26 (RVR 1960), poniendo estas palabras en boca de Jesús:

Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio.
Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.
Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,
deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.
Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel.
De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.

The course of true love never did run smooth...


LYSANDER
Ay me! for aught that I could ever read,
Could ever hear by tale or history,
The course of true love never did run smooth;
But, either it was different in blood,—

HERMIA
O cross! too high to be enthrall'd to low.

LYSANDER
Or else misgraffed in respect of years,—

HERMIA
O spite! too old to be engaged to young.

LYSANDER
Or else it stood upon the choice of friends,—

HERMIA
O hell! to choose love by another's eyes.


A Midsummer Night's Dream: Act 1, Scene 1, line 132-140
William Shakespeare

lunes, 18 de mayo de 2009

Fragmentos de Prólogo de la comedia, de Wisława Szymborska


Prólogo de la comedia intenta ser fiel a su nombre, pero tal vez porque de modo inevitable la traducción destruye parte de la esencia literaria o porque los mexicanos siempre gustamos de un humor no simple (somos muy exigentes en cuanto a eso), sólo algunos (dos) fragmentos de su traducción al español me convencen. Hélos aquí:


Se hizo un violín de cristal porque quería ver la música.

Cuando le dijeron que no existía, al no poder morir de pena, tuvo que nacer.




Traducción de Abel A. Murcia
(A quien, aclaro, no culpo de nada)

-Alan

domingo, 17 de mayo de 2009

La vida real; Augusto Monterroso



Ninfa Santos me reprocha que en estos fragmentos hablo siempre de escritores famosos, pero que no he anotado nunca haber visto a un niño en la calle. Pues bien, hoy he visto más de diez niños en la calle, y todos tenían el aspecto de quien no ha comido; uno trató de venderme un paquete de chicles; dos me observaron mientras su madre me pedía limosna.

De: La letra e

miércoles, 13 de mayo de 2009

Sócrates en el Lisis: «Ni lo semejante es amigo de lo semejante, ni lo opuesto a lo opuesto».

En el siguiente fragmento del Lisis es Sócrates quien dialoga con Menéxeno acerca de la amistad. Las palabras iniciales son del maestro de Platón:


-¿No han llegado, en efecto, a tus manos escritos de gente muy sabia que dicen estas mismas cosas, a saber, que lo semejante siempre tiene que ser amigo de lo semejante? Me refiero a esos que han hablado y escrito sobre la naturaleza y sobre el todo [20].
-Tienes razón, dijo.
-¿Entonces es que proponen cosas sensatas?, dije yo.
-Tal vez, dijo.
-Tal vez, dije, lo hacen a medias, tal vez de una manera completa, pero nosotros no somos capaces de captarlo. Pues nos parece que el malvado, cuanto más cerca esté del malvado y más lo frecuente, tanto más enemigo llegará a ser, porque ofende. Pero los que ofenden y los ofendidos de ninguna manera pueden ser amigos. ¿No es así?
-Sí, dijo.
-Así pues, la mitad de lo dicho no sería verdad, si es que los malvados son semejantes entre sí.
-Tienes razón.
-Pero a mí me parece que quieren decir que los buenos son semejantes entre sí y amigos, y que los malos, cosa que se dice de ellos, nunca son semejantes ni siquiera con ellos mismos, sino imprevisibles e inestables. Y lo que es desemejante y diferente consigo mismo difícilmente llegaría a ser semejante a otro y amigo suyo. ¿O no te parece así?
-Me lo parece, dijo.
-Esto, en efecto, insinúan, como creo, oh compañero, los que dicen que lo semejante es amigo de lo semejante, al igual que el bueno sólo es amigo del bueno, y que el malo, ni con el bueno ni con otro malo, puede jamás llegar a una verdadera amistad.
-¿Estás de acuerdo?
Dio muestras de asentimiento.
-Así, pues, ya tendríamos quiénes son amigos, porque nuestro discurso apunta a que lo son los que son buenos [21].
-Eso es lo que me parece, dijo.
-Y a mí, dije yo. Sin embargo, hay algo que me tiene inquieto en todo esto. Sigamos, pues, por todos los dioses, y veamos lo que estoy sospechando. El semejante es amigo del semejante en cuanto semejante, y en este caso, ¿son útiles el uno al otro? O mejor dicho: cualquier cosa semejante a otra cualquiera ¿qué beneficio puede traerle o qué daño causarle, que no se lo haga también a sí mismo? ¿O qué cosa sufrir que no lo sufra también por sí misma? Así pues, ¿cómo pueden tales cosas vincularse entre sí no prestándose mutuamente servicio alguno? ¿Es esto, de algún modo, posible?
-No lo es.
-¿Y cómo querrá el que no sea querido?
-De ninguna manera.
-Pero, entonces, el semejante no es amigo del semejante, aunque bien pudiera serlo el bueno del bueno, no por ser semejante, sino por ser bueno.
-Bien pudiera.
-Pero, ¿cómo? El bueno, en cuanto que bueno, no se bastaría a sí mismo?
-Sí.
-Pero el que se basta a sí mismo no necesita de nadie en su suficiencia.
-¿Por qué no?
-El que no necesita a nadie tampoco se vincularía a nadie.
-En modo alguno.
-El que no se vincula a nadie tampoco ama.
-Verdaderamente no.
-El que no ama, no es amigo.
-No parece.
-¿Cómo, entonces, pueden los buenos, sin más, ser amigos de los buenos, si vemos que, estando ausentes, no se echan de menos ya que son autosuficientes, estando separados- y, si están juntos, no sacan provecho de ello? ¿Qué remedio poner para que tales personas lleguen a tenerse mucha estima?
-Ninguno, dijo.
-Pero no serán amigos, si no llegan a valorarse mucho mutuamente.
-Es verdad.
-¡Mira entonces, Lisis, adónde hemos ido a parar! ¿Es que nos hemos extraviado totalmente?
-¿Cómo ha sido eso?, dijo.
-Alguna vez he oído a alguien que hablaba -y ahora me acabo de acordar- de que lo semejante es lo más enemigo de lo semejante, y lo mismo pasa con los buenos. Y se aducía el testimonio de Hesíodo, cuando decía:

«El alfarero se irrita con el alfarero y el recitador con el recitador // y el mendigo con el mendigo» [22].

Y en todos los otros casos decía que ocurría lo mismo, y que resultaba necesario que los que más se asemejan entre sí están llenos de envidia, de rivalidad, de odio, pero que los que menos se parecen, de amistad [23]. Porque el pobre está obligado a ser amigo del rico y el débil, del fuerte, por la ayuda que ello pueda prestarles, y el enfermo, del médico, y todo el que no sabe tiene que vincularse al que sabe y amarle.
Y continuamente así con su discurso, de una manera aún más grandilocuente, hablando de que carecía de todo fundamento el que lo semejante fuese amigo de lo semejante y de que, más bien, lo que ocurre es lo contrario, porque lo opuesto es lo más amigo de lo opuesto. En consecuencia, es esto, pero no lo semejante, lo que cada uno desea: lo seco a lo húmedo, lo frío a lo caliente, lo amargo a lo dulce, lo agudo a lo obtuso, lo vacío a lo lleno y lo lleno a lo vacío, y así todo lo demás, según el mismo sistema. Pues lo contrario es el alimento de su contrario; pero lo semejante no saca provecho de lo semejante. Y en verdad, compañero, que parecían muy ingeniosas estas cosas que decía. Porque lo cierto es que habló bien [24].
-¿A vosotros, sin embargo -dije-, cómo os parece que habló?
-Muy bien, dijo Menéxeno, al menos en el momento de oírlo.
-¿Diremos, pues, que lo opuesto es lo más amigo de aquello que se le opone?
-Claro que sí.
-Bien, dije yo, y ¿no lo encuentras raro, Menéxeno? ¿Y no- saltarán rápidamente sobre nosotros esos varones sabelotodo, quiero decir esos buscadores de contradicciones, que nos preguntarán si no es la amistad lo más opuesto a la enemistad? [25]. ¿Qué les responderemos? ¿O no estamos obligados a confesar que dicen verdad?
-Sí que lo estamos.
-Así pues, dirán, que lo que más quiere el amigo es lo enemigo, y viceversa.
-Ninguna de las dos cosas, dijo.
-¿Pero sí, lo justo a lo injusto, o lo moderado a lo intemperante, o lo bueno a lo malo?
-No me parece que sea éste el caso. Pero, en verdad, dije yo, si, por oponerse, algo es amigo de algo, necesariamente tendría que haber entremedias un vínculo de amistad.
-Por supuesto.
-Así pues, ni lo semejante es amigo de lo semejante, ni lo opuesto a lo opuesto.
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[20] Alusión a los primeros filósofos, y más concretamente a Empédocles y Anaxágoras, que presentan variaciones sobre el verso de Homero, y para los que el tema de lo semejante, como motor de unión, constituye una idea central. (Cf. ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco 1157» 31 sigs.; 1156b 34 sigs.; 1158» 11 sigs.).
[21] La dificultad surgida de la interpretación platónica sobre la de los primeros que filosofaron «sobre la naturaleza» y sobre el «todo» ha quedado delimitada a un ámbito más reducido, al ámbito moral que interesa principalmente a Sócrates. La atracción de lo semejante por lo semejante parece que sólo puede darse entre los buenos. Sócrates nos ha mostrado alguna de las dificultades que sobrevendrían de no ser así.
[22] Hasíodo, Trabajos y días 25.
[23] El tema de la autosuficiencia del bueno ha llevado a una aporía y, con ello, a una característica esencial de la relación amorosa. Porque, efectivamente, la semejanza puede, en el hombre, provocar alejamiento y diversidad. Los que menos se parecen, son, pues, los que más se necesitan y más se atraen. El problema está, por supuesto, simplificado. La amistad y el amor mezclan semejanzas y diversidades, y de esta aparente desarmonía surge la fundamental atracción. El plano semántico en el que la discusión se mueve permite continuas refe. rencias al lenguaje y a la crítica conceptual.
[24] La teoría de la atracción de los opuestos hace pensar en algunos fragmentos de Heráclito y en su intuición de los diversos componentes de la «armonía invisible». El pasaje está puesto en boca de un posible discípulo de Heráclito. ¿Tal vez Crátilo, el maestro de Platón?
[25] Parece clara la alusión a los procedimientos sofistas de los «discursos dobles» y las oposiciones de significado.


Platón, Lisis 214b-215b
Traducción de E. Lledó