sábado, 11 de abril de 2009

El barón rampante. Capítulo VIII (fragmento); Ítalo Calvino


Un día, sentado a la mesa con su familia, Cosimo es reprendido por su padre, el barón Arminio Piovasco di Rondò, por negarse a probar la comida. En un gesto de rebeldía, Cosimo sale de la casa y trepa un árbol. Jura que nunca bajará de ahí y cumple su promesa. El futuro barón tiene 12 años de edad. A partir de entonces su vida transcurre entre las ramas de los árboles.

Este es el argumento inicial de
El barón rampante, de Ítalo Calvino. Tiempo después del incidente la madre cae en la cuenta de que la determinación de su hijo es firme. El padre, sin querer reconocerlo, llega a ser presa de la culpa y otros sentimientos.

El siguiente fragmento describe el primer encuentro de Cosimo con su padre después de que se fue de casa:

Capítulo VIII (fragmento)

Por aquellos días, Cósimo desafiaba a menudo a la gente que estaba en tierra, desafíos de puntería, de destreza, quizá para probar sus posibilidades, todo lo que conseguía hacer allá arriba. Desafió a los granujas al tejo. Estaban en aquellos parajes cerca de Porta Cápperi, entre las barracas de los pobres y los vagabundos. Desde un acebo medio seco y desnudo, Cósimo estaba jugando al tejo, cuando vio acercarse un hombre a caballo, alto, un poco encorvado, envuelto en una capa negra. Reconoció a su padre. La granujería se dispersó; desde las entradas de las chozas las mujeres miraban.

El barón Arminio cabalgó hasta debajo del árbol. Era un atardecer rojo. Cósimo estaba entre las ramas desnudas. Se miraron a la cara. Era la primera vez, desde la comida de los caracoles, que se encontraban así, cara a cara. Habían pasado muchos días, las cosas habían cambiado, uno y otro sabían que ya no se trataba de caracoles, ni de la obediencia de los hijos o la autoridad de los padres; que todas las cosas lógicas y sensatas que podían decirse estarían fuera de lugar; con todo algo tenían que decir.

- ¡Dais un hermoso espectáculo, vos! - comenzó el padre, amargamente -. ¡Y muy digno de un gentilhombre! - (Lo había tratado de vos, como acostumbraba en las reprensiones más graves, pero ahora ese hábito tuvo un sentido de alejamiento, de despego.)

- Un gentilhombre, señor padre, lo es tanto estando en el suelo como estando en las copas de los árboles - respondió Cósimo, y enseguida añadió -: Si se comporta rectamente.

- Una buena sentencia - admitió gravemente el barón -, aunque, hace poco, estabais robando ciruelas a un arrendatario.

Era verdad. Le había pillado. ¿Qué debía responder? Sonrió, pero sin altanería ni cinismo: con una sonrisa de timidez, y enrojeció.

También el padre sonrió, con una sonrisa triste, y quién sabe por qué también él enrojeció.

- Ahora os juntáis con los peores bastardos y pordioseros - dijo luego.

- No, señor padre, yo estoy por mi cuenta, y cada uno por la suya - dijo Cósimo, firme.

- Os invito a bajar al suelo - dijo el barón, con voz calmosa, casi apagada - y a recobrar los deberes de vuestro estado.

- No pienso obedeceros, señor padre - dijo Cósimo -, y me duele.

Estaban incómodos los dos, hastiados. Cada uno sabía lo que el otro iba a decir.

- Pero ¿y vuestros estudios? ¿Y vuestras devociones de cristiano? - dijo el padre -. ¿Pensáis crecer como un salvaje de las Américas?

Cósimo calló. Eran pensamientos que todavía no se había planteado y no tenía ganas de plantearse. Luego dijo: - ¿Por estar unos metros más arriba creéis que no me llegarán buenas enseñanzas?

También ésta era una respuesta hábil, pero era ya como una disminución del alcance de su gesto: signo de debilidad, pues.

Lo advirtió el padre y se volvió más apremiante:

- La rebelión no se mide por metros - dijo -.Incluso cuando parece de pocos palmos, un viaje puede quedar sin retorno.

Ahora mi hermano habría podido dar otra respuesta noble, tal vez una máxima latina, que ahora no me viene ninguna a la cabeza, pero entonces sabíamos muchas de memoria. En cambio se había aburrido de estar allí con aquel aire solemne; sacó la lengua y gritó: - ¡Pero yo desde los árboles meo más lejos! - frase sin mucho sentido, pero que cortaba de golpe la discusión.

Como si hubiesen oído aquella frase, se alzó un griterío de granujas en torno a Porta Cápperi. El caballo del barón de Rondó dio un salto, el barón apretó las riendas y se envolvió en la capa, como para irse. Pero se volvió, sacó un brazo de la capa y señalando al cielo que se había cargado rápidamente de nubes negras, exclamó:

- ¡Cuidado, hijo, hay Quien puede mear sobre todos nosotros! - y se alejó.


El barón rampante, Ítalo Calvino
Capítulo VIII, páginas 32-33
Traducción: Francesc Miravitlles
Edición digital de Electronic_sapiens
R6 07/02

2 comentarios:

Rosigerante dijo...

Wow. Esa fue una respuesta inteligente.

Alan Elías dijo...

Sí, ¿verdad?