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lunes, 18 de agosto de 2008

Los sonetos a Orfeo. Primera parte, soneto I; R. M. Rilke

Entonces se alzó un árbol. ¡Oh pura elevación!
¡Oh, canta Orfeo! ¡Oh alto árbol en el oído!
Y calló todo. Pero incluso del silencio
surgió un nuevo principio, seña y transformación.

Animales silentes brotaron desde el claro,
abandonado bosque, de nidos y cubiles;
y fue evidente entonces que no era por astucia
ni tampoco por miedo por lo que eran tan quedos,

sino por la audición. Rugidos, gritos, bramas
parecían pequeños en sus pechos. Y donde
apenas un achoza para acogerlo había,

refugio subterráneo del ansia más oscura
con jambas temblorosas sujetando su entrada,
tú creaste para ellos un templo en el oído.

Traducción de Jesús Munárriz
poesía Hiperión

sábado, 16 de agosto de 2008

La condenación...

Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

Juan 3:19

viernes, 15 de agosto de 2008

Olvido y recuerdo

Solomon saith: There is no new thing upon the earth. So that as Plato had an imagination, that all knowledge was but remembrance; so Solomon giveth his sentence, that all novelty is but oblivion.

Francis Bacon: Essays LVIII

jueves, 14 de agosto de 2008

Lo que Platón había dicho de las mesas...

No hace mucho se publicó en este blog la entrada: Borges y Aristóteles contra Platón: un combate de leones, mesas y analogías de la procreación. Ahí vemos cómo el argentino y el estagirita atacan con todo, aunque siempre con elegancia, al discípulo de Sócrates (o a Sócrates mismo en parte, pues mucho de lo que Platón dijo lo hace utlizando a Sócrates como interlocutor en sus Diálogos). ¿Pero qué fue lo que originalmente Platón dijo? Porque si en el tiempo él fue primero sus ideas fueron las que dieron origen a la discusión. La entrada anterior no lo menciona, por eso ésta era necesaria.

En este fragmento de La República comienza hablando Sócrates, quien dialoga con Glaucón:

-[...] Pues creo que acostumbrábamos a postular una Idea única para cada multiplicidad de cosas a las que damos el mismo nombre. ¿O no me entiendes?
-Sí, te entiendo.
-Tomemos ahora la multiplicidad que prefieras. Por ejemplo, si te parece bien, hay muchas camas y mesas.
-Claro que sí.
-Pero Ideas de estos muebles hay dos: una de la cama y otra de la mesa.
-Sí.
-¿Y no acostumbramos también a decir que el artesano dirige la mirada hacia la Idea cuando hace las camas o las mesas de las cuales nos servimos, y todas las demás cosas de la misma manera? Pues ningún artesano podría fabricar la Idea en sí. O ¿de qué modo podría?
-De ningún modo podría.

Platón
La República
Libro X, 596a-b
Editorial Gredos
Traducción de Conrado Eggers Lan
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Esto fue lo que dio origen a la disputa. Para Platón, el mundo en el que vivimos es una apariencia, una imagen del mundo verdadero, el mundo celestial, de las Ideas, donde se halla la Idea única de cada cosa que existe en el nuestro: todos los leones y las mesas de nuestro mundo son sólo una representación, una forma material de la Idea verdadera del león y de la mesa. Para Aristóteles, las ideas existían, pero al contrario de Platón, él creía que de la percepción de la realidad de nuestro mundo era de donde podíamos extraer esas ideas.

Por esta razón, en esta imagen se representa a Platón apuntando con su dedo hacia el cielo, para hacer referencia al mundo real que trasciende al presente, mientras que la mano de Aristóteles señala la preponderancia de lo que se encuentra en nuestro entorno para aprehender todas las cosas, incluso lo metafísico.

¿Cuál mano apunta hacia el lugar correcto?*

Alan
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*Hasta el 15 de agosto de 2008 la frase final de esta entrada era: ¿Tendrá su raíz la filosofía en el cielo o en la tierra? Pero el volver a pensar en el tema y el comentario de una lectora me hicieron replantear el asunto. Si la pregunta fuera respecto al origen de la filosofía, creo que no habría duda: Platón mismo diría que ésta tiene su raíz en la tierra, pues es aquí donde nos interesa librarnos de nuestras cadenas y amar el conocmiento para llegar a la perfección. De acuerdo a Platón, los dioses no tendrían necesidad de la filosofía al saber todas las cosas. La filosofía de Platón tiene entonces un fin práctico, entre muchos otros: salvar el alma. Es por eso que prefiero modificar la pregunta.

martes, 12 de agosto de 2008

Altazor y el destino del cristianismo

Abrí los ojos en el siglo
En que moría el cristianismo
Retorcido en su cruz agonizante
Ya va a dar el último suspiro
¿Y mañana qué pondremos en el sitio vacío?
Pondremos un alba o un crepúsculo
¿Y hay que poner algo acaso?
La corona de espinas
Chorreando sus últimas estrellas se marchita
Morirá el cristianismo que no ha resuelto ningún problema
Que sólo ha enseñado plegarias muertas
Muere después de dos mil años de existencia
Un cañoneo enorme pone punto final a la era cristiana
El Cristo quiere morir acompañado de millones de almas
Hundirse con sus templos
Y atravesar la muerte con un cortejo inmenso
Mil aeroplanos saludan la nueva era
Ellos son los oráculos y las banderas

Altazor
Canto I, vv. 91-108
Vicente Huidobro
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Me interesó este fragmento de Altazor porque toca uno de los temas que investigo ahora. Llegó a mis manos un libro llamado Après la mort de Dieu, que puede ser traducido como Después de la muerte de Dios, de André Gounelle. En él, el autor analiza las nuevas formas de espiritualidad hacia las que se puede encaminar una persona que ha dejado atrás la idea del dios occidental (léase: del cristianismo).

Pienso en estos versos de Huidobro:
Ya va a dar el último suspiro
¿Y mañana qué pondremos en el sitio vacío?
Pondremos un alba o un crepúsculo
¿Y hay que poner algo acaso?

La respuesta que me viene a la mente es: Si hacemos a un lado el cristianismo ¡por supuesto que tendríamos que poner algo en ese sitio vacío! Esto es independiente de nuestra voluntad y de si lo que rechazamos es el cristianismo o cualquier otra religión. Todo ser humano, por el simple hecho de serlo, tiene la necesidad de considerar a algo como un dios en su vida, algo a lo que se debe seguir por sobre todas las cosas, como una preocupación última (tomé este término prestado de Paul Tillich, aunque puede que no lo utilice igual que él). Cualquier cosa puede ser un dios: un ser que consideremos superior e inteligente (Zeus, Odín, Jehová…), un valor (el amor, el dinero, la justicia…), una idea o una filosofía (sí, el ateísmo también es un dios si lo creemos y justificamos con todo muestro corazón e intelecto; el hedonismo; el agnosticismo, etc.). El hombre no puede huir de los dioses, porque sean lo que sean, aparecerán en multitud de formas para satisfacer el anhelo de buscar seguir algo que nos trascienda.

Ahora, respecto al rol del cristianismo, es comprensible que muchos crean que desaparecerá debido a que la gente lo ha hallado deficiente en muchos aspectos, los que no creo que sea necesario nombrar aquí porque se intuyen. Sin embargo, esto puede traer a la vista otro modo de considerar las cosas: el cristianismo ha sabido superar los problemas que enfrenta, aun si pierde el 99.99% de sus fieles, a lo largo de su historia. Precisamente, el remanente es el que se encarga de conservar la esencia del cristianismo. No era lo mismo llamarse cristiano durante los tiempos de la persecución romana que cuando la religión se hizo oficial en el imperio. No es tampoco lo mismo decirse cristiano en la God’s blessed America que en Arabia Saudita. Es aun más difícil identificar a un cristiano en un hemisferio y tiempo en el que la mayoría de la gente dice que lo es. Si se mira el cristianismo considerando a todos los que se dicen cristianos, ¡por supuesto que se podría decir que está en decadencia y morirá!

Creo que una religión se debería de juzgar no tanto por lo externo de la conducta global observada en sus fieles (que es un buen indicio de lo que hay en ella, pero no es el todo ni el centro) sino más bien en su doctrina (que es lo que esa religión sería, propiamente dicha, no tanto el cómo los fieles lleven a la práctica la doctrina). Lo que seguiría en importancia a la doctrina sería el ver qué ocurre en las personas que cumplen los preceptos de su creencia, pues serían los seguidores y representantes reales de dicha religión; aunque esto sería difícil y engañoso, pues nunca podríamos saber con certeza las motivaciones íntimas de una persona. Por eso es que se sugiere remitirse principalmente a la esencia de la doctrina, aun si nadie la sigue.

Si el cristianismo ha sabido salir avante de los problemas que ha enfrentado, sacando algo bueno de cada una de esas experiencias, ¿le será posible evitar el cumplimiento de la profecía de Altazor?

Alan

lunes, 11 de agosto de 2008

Clamor por música y comida: "El pianista Célebre", de Papini y un fragmento de Números 11

El pianista célebre (Fragmento de El Libro Negro, de Giovanni Papini)


New Parthenon, 29 de septiembre.


Hace algunos días sucedió en mi casa una breve pero singular aventura que merece ser mencionada en este diario.


A fin de agasajar a mis huéspedes de vacaciones, invité a uno de los más célebres pianistas de todo el mundo, quien se encuentra de paso en los Estados Unidos. Es un alemán, el maestro Rudolf Ebers, hombre de unos cuarenta años de edad, de cabellera estilo Liszt y de exterior austero y reservado. Parco en el hablar, nunca se acercaba al gran piano Steinway, de concierto, que tengo en el salón central de la villa.


Hacía ya tres días que vivía con nosotros y ni siquiera nos había hecho sentir un acorde. Aquella noche languidecía ya la conversación y las mesas de juego, no sé por qué causa, estaban desiertas. Una mujer bellísima, esposa del propietario más rico de Maryland, mujer alta, morena, algo criolla y muy agresiva, rogó al maestro Ebers que tocara algo. Todos mis huéspedes, que sumaban unos treinta, se plegaron a la magnífica mujer implorando del maestro que les brindara una muestra de su decantado virtuosismo. Pero el alemán se encerraba en su torre de marfil y no accedía. Había andado por las mayores ciudades de los Estados Unidos dando muchos conciertos, y ahora necesitaba un reposo absoluto, pedía que lo disculparan, que leo perdonaran, que aguardaran algún día más.


Entonces, la hermosa criolla tomó las delgadas manos del músico reluctante, las apretó y exclamó:


- ¡Esta noche o nunca!


Y los demás clamaron a coro:


- ¡Una sola sonata! ¡Un solo nocturno! ¡Una tocata! ¡Un impromptu!


Hasta ese momento yo no había abierto los labios a fin de que el desventurado artista no pensara que quería aprovecharme de mi autoridad como dueño de la casa. Pero entonces, todos los huéspedes dejaron al maestro y me rodearon insistiendo a grandes voces a fin de que uniese mis súplicas a las de ellos.


Me acerqué a Ebers y le miré fijamente en los ojos. No me dio tiempo para decir una sola palabra se levantó repentinamente de la poltrona de cuero en que estaba sentado y se dirigió a la brillante mole negra del piano, lo abrió, se sentó en el taburete y sin decir palabra comenzó a tocar.


Todos callaron para escuchar al célebre pianista. Se oía ascender v descender los mágicos acordes de la Apasionada, siendo una revelación incluso para los que ya la conocían. Cuando concluyó estallaron los aplausos, pero el maestro ni siquiera se dio vuelta, y sin intervalo ninguno comenzó a tocar el Claro de Luna. Los últimos compases de esa obra maestra resonaban todavía en el ambiente cuando ya Ebers hacía surgir del instrumento los acordes patéticos de un Nocturno de Chopin. Oímos después una Sonata de Debussy, una Suite de Albéniz y finalmente Las Florecillas de San Francisco, de Liszt.


Esperábamos que, después de aquella orgía de sonidos maravillosos, que duraba ya casi dos horas, el célebre virtuoso estaría seguro de haber complacido y conquistado el auditorio, cerraría el instrumento y se iría a dormir.


Pero, nada de eso: parecía que Ebers estuviera encadenado a mi majestuoso y brillante Steinway y que no se preocupara de nadie. Ejecutó otras sonatas que no supe reconocer y en seguida comenzó a improvisar con renovado vigor.


Los huéspedes, que le habían inducido a aquel esfuerzo, estaban ya mucho más cansados que él. Comenzaron las deserciones: una de las primeras en abandonar la sala, con los ojos soñolientos y el rostro contraído a causa de los bostezos contenidos, fue precisamente la bellísima señora que había despertado a aquel demonio musical, otros la siguieron en puntillas de pie, y el heroico pianista, cada vez más exaltado, se abandonaba a insistentes y delirantes improvisaciones. Yo estaba sentado cerca del piano y miraba su rostro: no daba señal ninguna una de cansancio; sus manos, ágiles y frágiles, blanquísimas e incansables, se movían sobre el teclado cada vez más rápidas y seguras; su rostro grave y severo se había transfigurado, adquiriendo un color subido, como si tuviera una fiebre violenta; los ojos semicerrados miraban hacia arriba como si escuchara los acordes v los temas de una música celestial que le fuera dictada por un dios.


Tenía un exterior tan extático, recluido, de rapto, que ninguno se atrevía a aproximarse y hablarle. Ya eran las dos de la madrugada y casi todos los oyentes, saciados y llenos de sueño, habían desaparecido. Tan sólo permanecían en el fondo de la sala dos fanáticos melómanos: un joven y una muchacha que parecían ligados a las sillas por aquellos sortilegios sonoros. Pero pasadas ya las tres de la madrugada también ellos hallaron fuerzas para levantarse e irse.


Tan sólo quedaba yo, entontecido por aquellas cataratas sonoras, escuchando al célebre pianista. A pesar de todo lo que Ebers nos dijera al comienzo del concierto, no daba ninguna señal de fatiga. Sus hermosas y delgadas manos continuaban acariciando y golpeando el teclado, como si hubiera comenzado a hacerlo pocos minutos antes, y lograba de aquel perfecto instrumento melodías angélicas, cabalgatas infernales, clamores alegres y lamentos ocultos de ternura implorante. Su rostro se había transformado otra vez: ahora parecía el de un joven alucinado y pálido, que sufre y se consume en un amor inútil.


Yo no podía más, me adormecí en mi poltrona, ¿durante un minuto o durante una hora? Cuando me desperté ya se filtraban por los ventanales las luces del alba. Ebers continuaba tocando siempre, inspirado y alucinado. Con mano suave le toqué el hombro, y entonces se conmovió, se distendió, apoyó la frente en el teclado tocando un último acorde y repentinamente se quedó dormido.


Me hizo la impresión de un hombre asesinado, caído en los escalones de un catafalco negro.

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Hmm… ¿querían piano? Pues piano tuvieron. Esta historia de Papini me recuerda a otra del libro de Números, de la Biblia.


Contexto: Después de haber sido liberado de Egipto el pueblo de Israel marcha a través del desierto hacia la tierra prometida guiado por Dios, quien hablaba a Moisés, líder de Israel. Como estaban hartos de ser alimentados milagrosa y únicamente por maná que caía del cielo un día se hartaron y tuvieron ganas de comer carne.


Números 11 (Reina-Valera 1960)


4-6 Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne! Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; y ahora nuestra alma se seca; pues nada sino este maná ven nuestros ojos. 10 Y oyó Moisés al pueblo, que lloraba por sus familias, cada uno a la puerta de su tienda; y la ira de Jehová se encendió en gran manera; también le pareció mal a Moisés. [Dijo Moisés:] 13 ¿De dónde conseguiré yo carne para dar a todo este pueblo? Porque lloran a mí, diciendo: Danos carne que comamos. No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es pesado en demasía. [Jehová dijo a Moisés que hablara al pueblo diciendo:] 18-23 […] Santificaos para mañana, y comeréis carne; porque habéis llorado en oídos de Jehová, diciendo: ¡Quién nos diera a comer carne! ¡Ciertamente mejor nos iba en Egipto! Jehová, pues, os dará carne, y comeréis. No comeréis un día, ni dos días, ni cinco días, ni diez días, ni veinte días, sino hasta un mes entero, hasta que os salga por las narices, y la aborrezcáis, por cuanto menospreciasteis a Jehová que está en medio de vosotros, y llorasteis delante de él, diciendo: ¿Para qué salimos acá de Egipto? Entonces dijo Moisés: Seiscientos mil de a pie es el pueblo en medio del cual yo estoy; ¡y tú dices: Les daré carne, y comerán un mes entero! ¿Se degollarán para ellos ovejas y bueyes que les basten? ¿o se juntarán para ellos todos los peces del mar para que tengan abasto? Entonces Jehová respondió a Moisés: ¿Acaso se ha acortado la mano de Jehová? Ahora verás si se cumple mi palabra, o no. 31-34 Y vino un viento de Jehová, y trajo codornices del mar, y las dejó sobre el campamento, un día de camino a un lado, y un día de camino al otro, alrededor del campamento, y casi dos codos sobre la faz de la tierra. Entonces el pueblo estuvo levantado todo aquel día y toda la noche, y todo el día siguiente, y recogieron codornices; el que menos, recogió diez montones; y las tendieron para sí a lo largo alrededor del campamento. Aún estaba la carne entre los dientes de ellos, antes que fuese masticada, cuando la ira de Jehová se encendió en el pueblo, e hirió Jehová al pueblo con una plaga muy grande. Y llamó el nombre de aquel lugar Kibrot-hataava, por cuanto allí sepultaron al pueblo codicioso.

Algunos "Epigramas" de Ernesto Cardenal


Te doy, Claudia, estos versos, porque tú eres su dueña.
Los he escrito sencillos para que tú los entiendas.

Son para ti solamente, pero si a ti no te interesan,

un día se divulgarán tal vez por toda Hispanoamérica
...
Y si al amor que los dictó, tú también lo desprecias,

otras soñarán con este amor que no fue para ellas.

Y tal vez verás, Claudia, que estos poemas,

(escritos para conquistarte a ti) despiertan

en otras parejas enamoradas que los lean

los besos que en ti no despertó el poeta.

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Cuídate, Claudia, cuando estés conmigo,
porque el gesto más leve cualquier palabra, un suspiro
de Claudia, el menor descuido,
tal vez un día lo examinen eruditos,
y este baile de Claudia se recuerde por siglos.

Claudia, ya te lo aviso.
______________________________

Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:
yo porque tú eras lo que yo más amaba

y tú porque yo era el que te amaba más.

Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:

porque yo podré amar a otras como te amaba a ti

pero a ti no te amarán como te amaba yo.

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Muchachas que algún día leáis emocionadas estos versos
y soñéis con un poeta:
sabed que yo los hice para una como vosotras
y que fue en vano.
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Esta será mi venganza:
Que un día llegue a tus manos el libro de un poeta famoso
y leas estas líneas que el autor escribió para ti
y tú no lo sepas.
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La persona más próxima a mí
eres tú, a la que sin embargo
no veo desde hace tanto tiempo
más que en sueños.

Abrojos - XIV; Rubén Darío

Yo era un joven de espíritu inocente.
Un día con amor le dije así:
Escucha: el primer beso que yo he dado,
_____ es aquel que te di...
Ella, entonces, lloraba amargamente.
Y yo dije: ¡Es amor!
Sin saber que aquel ángel desgraciado
lloraba de vergüenza y de dolor.

Panteísmo y cristianismo en Amado Nervo y C. S. Lewis


Brahma no piensa

Ego sum qui sum.

Brahma no piensa: pensar limita.
Brahma no es bueno ni malo, pues
las cualidades en su infinita
substancia huelgan. Brahma es lo que es.


Brahma, en un éxtasis perenne, frío,

su propia esencia mirando está.

Si duerme, el Cosmos torna al vacío;
¡mas si despierta renacerá!


Amado Nervo

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Ah, panteísmo puro. Un dios que lo llena todo siendo todo, trascendiendo el bien y el mal. C.S. Lewis contrasta el panteísmo con el cristianismo:


Pantheists usually believe that God, so to speak, animates the universe as you animate your body: that the universe almost is God, so that if it did not exist He would not exist either, and anything you find in the universe is a part of God. The Christian idea is quite different. They think God invented and made the universe—like a man making a picture or composing a tune. A painter is not a picture, and he does not die if his picture is destroyed. You may say, “He’s put a lot of himself into it”, but you only mean that all its beauty and interest has come out of his head. His skill is not in the picture in the same way that it is in his head, or even in his hands. I expect you see how this difference between Pantheists and Christians hangs together with the other one. If you do not take the distinction between good and bad very seriously, then it is easy to say that anything you find in this world is a part of God. But, of course, if you think some things really bad, and God really good, then you cannot talk like that. You must believe that God is separate from the world and that some of the things we see in it are contrary to His will. Confronted with a cancer or a slum the Pantheist can say, “If you could only see it from the divine point of view, you would realize that this also is God”. The Christian replies, “Don’t talk damned nonsense”. For Christianity is a fighting religion. It thinks God made the world—that space and time, heat and cold, and all the colours and tastes, and all the animals and vegetables, are things that God “made up out of His head” as a man makes up a story. But it also thinks that a great many things have gone wrong with the world that God made and that God insists, and insists very loudly, on our putting them right again.

(1)

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And that, by the way, is perhaps the most important difference between Christianity and all other religions: that in Christianity God is not a static thing–not even a person–but a dynamic, pulsating activity, a life, almost a kind of drama. Almost, if you will not think me irreverent, a kind of dance.

(2)


C.S. Lewis

Mere Christianity

(1) Book two. What Christians Believe.
The Rival Conceptions of God (excerpt)

(2) Book Four. Beyond Personality: Or First Steps in the Doctrine of the Trinity.

The Good Infection (excerpt)