lunes, 29 de septiembre de 2008

Variaciones sobre el Gattamelata, IV; Hugo Hiriart



Variaciones sobre el Gattamelata es un texto de Hiriart construido alrededor del tema de las esculturas escuestres. Se muestra aquí la quinta variación de este ensayo, en el que Hiriart nos habla de reglas que conforman la ortodoxia en la elaboración de este tipo de esculturas y después de cada una de ellas se presenta el ingenio que existe para romperlas...

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IV


Reglas y heterodoxias


1. La estatua ecuestre más pequeña ha de ser cuando menos de tamaño natural.


-¿Qué traes en ese bolso?


-La estatua ecuestre del general Brumo Calominos, de feliz memoria.


Este diálogo es, por supuesto, inaudito, pero no por este hecho hemos de desatender enteramente la cuestión de los tamaños. Las estatuas de talla mediana en las que el caballo tiene, digamos, un metro de alzada, son tan patéticas como la sonrisa de una muchacha abandonada por su amante. Las pequeñísimas engarzadas en los anillos, tienen su encanto (sobre todo si la sortija es mágica o guarda veneno). Aquellas estatuas que se usan en calidad de saleros, pueden ser primorosas, todo depende del orfebre. Las enormes como edificios de ocho a diez pisos arrastran la deficiencia de no poder ser apreciadas debidamente, pero esta adversidad de nacimiento se ve compensada por el esfuerzo del artista y, sobre todo, por la mucha industria de los maestros fundidores.


2. La estatua ecuestre ha de ser hecha para verse desde abajo.


No siempre. El gran escultor florentino Esteban Globo, llamado el Caramelo, fabricó un monumento ecuestre, luego cavó una especie de pozo y allí situó la estatua de forma que sólo pudiera apreciarse desde arriba. La obra se ha perdido (en alguna parte está enterrada; actividad interesante ha de ser darle sepultura a una estatua ecuestre), pero, dicen que los que tuvieron el privilegio de admirarla que los dragones labrados en el yelmo eran primorosos.


3. Ha de ser de bronce.


¿Y por qué no de plástico o de goma inflable y desinflable? Entre otras cosas facilitaría la transportación y nos proporcionaría la satisfacción lateral de poder asistir al momento en que va naciendo, creciendo, cobrando forma, y a otro en que se achica, envejece y llega a ser de bolsillo. ¿O por qué no hacerla de madera policroma como esas refinadas esculturas de Marino Marini? A mí me gustaría el jinete pintado de azul Prusia, y el caballo, verde limón. Por otra parte, podrían usarse materiales que permitieran disfrazar al solemne jinete: unos días se vestiría al rey de pingüino, otros, por ejemplo, de payaso. Se perdería, tal vez, en ejemplaridad patriótica, pero se ganaría en regocijo.


4. El caballo ha de estar representado en marcha, no quieto, y una de sus manos estará levantada.



No todos estamos de acuerdo en este punto. ¿Son muy raros los monumentos en los que el prócer va montado en un cerdo, un oso o un elefante? Una de las obras maestras de la cultura china representa un camello sobre el que viaja una orquesta de tres músicos. Inspirados en este trabajo, y con ánimo de ahorrar en gastos, algunos artistas han emprendido la realización de monumentos de significado múltiple, es decir aquellos en los que tres o más militares, a menudo rivales en su momento histórico, cabalgaban muy serios y marciales en un solo caballo. En cuanto a la posición de las patas del animal, tampoco hay unanimidad: ¿quién no ha visto algún monumento en que el caballo alza briosamente las dos manos mientras el general, con la espada desenvainada, espera resignado el sosiego de su animal? Pero no todos los artistas han podido llegar a la audacia y el refinamiento del florentino Globo que –en Padua tenía que ser– fabricó el monumento a un condottiere tardío en el que el caballo se sustenta sobre una sola pata. Ahora bien, ¿por qué el animal quieto ha de restarle grandiosidad a la obra? Sería interesante desde más de un punto de vista una estatua en la que tanto el guerrero como el caballo estuvieran dormidos. O alguna en la que el jinete no figurase montado, sino, por ejemplo, sentado en una piedra, cavilando, y a su lado el caballo apacentara tranquilamente; este monumento tendría un cierto tono de intimidad que no es frecuentemente en estos trabajos. A mí me gustaría, y eso ya es cosa de cada quien, contemplar una estatua ecuestre en la que caballo y jinete estuvieran encaramados en ese árbol elegante llamado baobab; tarea que tal vez no se halla llevado adelante por la mucha dificultad que representa el modelado y la fundición del árbol. Por último, tampoco han faltado las estatuas con caballo alados, con pegasos. Están reservadas, desde luego, a héroes de vanidad desenfrenada y, por eso, como castigo habría que representarlos aferrados con toda el alma al ambiguo corcel, y con el rostro abrumado por los vértigos y pavores de Ícaro.



Variaciones sobre el Gattamelata, IV
Disertación sobre las telarañas

Hugo Iriart

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La última de las reglas y heterodoxias me trajo a la mente el recuerdo de una escultura que se encuentra en el Louvre: un enano deforme o gnomo que monta un caracol, definitivamente algo muy alejado de la típica escultura ecuestre y que, sin embargo, no deja de parecerse a ellas.




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