jueves, 13 de noviembre de 2008

El rabino; Monique Mitastein

El lunes entré a la sinagoga y busqué al rabino:
─Rabí Eliézer, vengo a pedirle consejo…
─Pero si no eres creyente…
─Rabí Eliézer, yo maté a mi marido.
─¿Qué no murió de un paro cardiaco?
─De eso se muere todo el mundo, rabí Eliézer. Si Simón no se hubiera muerto, yo lo habría matado…
─No eres la primera mujer que ha querido matar a su marido, alégrate, no lo hiciste.
─Lo intentaría si pudiera…
─Tranquilízate, ya no puedes.

El martes entré a la sinagoga y busqué al rabino:
─Rabí Eliézer, vengo a pedirle consejo…
─Pero si no eres creyente…
─Rabí Eliézer, mi madre mató a mi padre.
─Tu padre murió cuando tenías tres años, tú me lo contaste…
─Bueno, Marcelo no era mi padre, pero como si lo fuera…
─¿Qué no murió de un paro cardiaco?
─De eso se muere todo el mundo, rabí Eliézer. Si Marcelo no se hubiera muerto, ella lo hubiera matado.
─Tu madre no es la primera mujer que ha querido matar a su marido, alégrate, no lo logró.
─Ella lo intentaría si pudiera…
─Tranquilízate, ya no puede.

El miércoles entré a la sinagoga y busqué al rabino:
─Rabí Eliézer, vengo a pedirle consejo…
─Pero si no eres creyente…
─Rabí Eliézer, mi abuela mató a mi abuelo.
─¿Cómo lo sabes, si tu abuela murió antes de que tú nacieras? Por eso llevas su nombre.
─Hay una maldición que pesa sobre mi familia: todas las mujeres terminan matando a sus maridos.
─Querrás decir que todas las mujeres de tu familia han tenido ganas de matar a sus maridos; no son las primeras que intentan hacerlo...
─Y lo vuelven a intentar...
─Pero no lo logran, alégrate y deja en paz a los muertos.

El jueves entré a la sinagoga y busqué al rabino:
─Rabí Eliézer, vengo a pedirle consejo…
─Pero si no eres creyente…
─Rabí Eliézer, prométame que no casará a mis hijos…
─ Pero si no tienes hijos varones, solamente cinco mujeres…
─Da lo mismo, sus maridos serán mis hijos, prométame que no las casará…
─¿Quieres que permanezcan solteras?
─Si las casa, querrán matar a sus maridos…
─No serán las primeras que deseen matar a sus maridos…
─Terminarán en la cárcel, ¿qué será de mis nietos?
─Le pediré a Dios que tus hijas encuentren buenos maridos. Alégrate, no les pasará nada a tus nietos.

El viernes el rabino se levantó al alba y, como hacía todos los días, le dio gracias a Dios por no haber nacido mujer.

Acequias año 6, verano 2003, núm. 24

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