sábado, 15 de noviembre de 2008

Recordando a Ayante Telamonio


Uno de mis héroes favoritos de la Ilíada es Ayante (o Áyax) Telamonio, pues se distingue por mucho entre los otros:

Ayante es descrito como un coloso, un hombre lleno de fuerza fìsica y valor. Poseía un escudo que, de acuerdo al poema era enorme, como una torre. Frente a los demás héroes y reyes combatientes, como Odiseo (que utilizaba la astucia para triunfar), Néstor (que representaba la sabiduría de la vejez) o Ayante Oileo (famoso por su velocidad), Ayante Telamonio, junto con Aquiles, es un héroe de fuerza, pero hay algo que hace diferente al Telamonio de este último y de los demás: Aquiles era hijo de una diosa y su fortaleza tenía un origen divino...

Vemos en la Ilíada que los dioses tenían sus favoritos: al ser Odiseo un héroe de astucia su protectora era Atenea, diosa de la guerra y la sabiduría, quien siempre lo apoyaba infundiéndole fortaleza, librándolo del peligro o apoyándolo en sus tretas. Atenea también favorecía a Diomedes, aunque a este último más en fuerza que en astucia. Afrodita tomaba partido por Eneas, Tetis por su hijo Aquiles, pero... ¿cuál de los dioses apoyaba al coloso?

Ayante es el héroe olvidado por los dioses. En ningún momento del poema se menciona que hiciera uso directo de la intervención divina para ejecutar alguna de sus proezas, que fueron muchas, entre ellas: participar en el rescate del cuerpo de Patroclo, presentar resistencia a los troyanos cuando los argivos se hallaban en problemas, cubrir con su escudo y librar de la muerte a los héroes argivos que habían sido rodeados por el enemigo, enfentarse directamente y en dos ocasiones a Héctor -paladín y príncipe de los troyanos- cuando todos los demás huían de él, y un largo etcétera...

Más aún: Menelao, Agamenón, Diomedes, Odiseo y otros héroes argivos que fueron ayudados o aconsejados en algún momento por los dioses comparten algo que exalta más al hijo de Telamón: todos, menos él, el héroe sin ayuda, fueron heridos en algún momento en la batalla. Ayante nunca fue tocado.

Con todo, el destino de nuestro héroe es triste, como se registra en una tragedia y en la Odisea: después de la muerte de su primo Aquiles, los argivos decidieron a quién debían pasar las armas de éste como honor por su esfuerzo y desempeño en la guerra. Ayante creyó que era él quien debía poseerlas, pero los demás otorgaron la recompensa a Odiseo. Ayante enloqueció por esto y dio muerte a un rebaño de ovejas al confundirlas con los próceres de los aqueos, para después despertar de su locura y suicidarse al pensar que había cometido homicidios. Cuando Odiseo se encontró con varios muertos en su visita al Hades uno de ellos era la sombra de Ayante, quien preso de un amargo rencor hacia el Laertíada se negó a dirigirle la palabra, para luego hundirse de nuevo y sin más entre las sombras.

Existen diversos pasajes en la Ilíada en los que Ayante es engrandecido por su fortaleza y sus victorias en la lucha, pero en esta ocasión, para recordarlo, no me vienen a la mente los pasajes en que destaca por lo ya dicho, sino este otro del canto XI de la Ilíada en que Ayante emprende la retirada frente a los troyanos, ansiosos de hacer mella en el cuerpo del héroe con sus armas, de devorar su carne con las lanzas. También hay cierta gloria en la huída de Ayante:


[...]
así entonces, después, al gran Ayante,
hijo de Telamón,
los soberbios troyanos
y los aliados de ellos,
en grupos numerosos concentrados,
siguiendo sin tregua, le punzaban
en mitad del escudo con sus picas.
Mas Ayante unas veces, se acordaba
de su fuerza impetuosa y, de nuevo,
volviéndose, las filas retenía
de los teucros, domadores de potros,
otras, empero, a huir se volvía.
Y a todos les impedía avanzar
hacia las raudas naves, y él mismo
en medio de troyanos y de aqueos
aguantando a pie firme se movía
con ímpetu, en tanto que las lanzas
que iban saliendo de intrépidas manos,
las unas impelidas adelante
en el enorme escudo se clavaron,
muchas, en cambio, a medio camino,
antes de alcanzar su blanca piel,
iban quedando hincadas en la tierra,
por más que ansiaban saciarse de carne.

Ilíada XI, ~560-574
Traducción de Antonio López Eire
Cátedra
Duodécima edición


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