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martes, 10 de febrero de 2009

Los sonetos a Orfeo. Primera parte, soneto XXVI; R. M. Rilke


PERO tú, oh divino, sin dejar de cantar,
cuando atacó el tropel de desairadas ménades,
oh hermoso, con tu orden dominaste sus gritos,
tu música se alzó sobre las destructoras.

No destruyó ninguna tu cabeza o la lira,
aun peleando furiosas, y cuantas aguzadas
piedras iban echando contra tu corazón,
a ti se amansaban y tenían oído.

Al fin te destrozaron, sedientas de venganza,
aunque quedó tu canto en leones y rocas
y en árboles y aves. Aún cantas ahora en ellos.

¡Oh dios que hemos perdido! ¡Oh tú, huella infinita!
Porque la hostilidad te dispersó en pedazos,
somos boca y oídos de la naturaleza.


Traducción de Jesús Munárriz

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